Por ser como eres...
En lo espiritual, lo que está cocinado no se puede volver a cocinar, sobre todo con ciertos sazones espirituales. Sazones como el orgullo obstinado marcan de forma definitiva la espiritualidad, junto a la temperatura de cambiar que día a día le da Dios. Hay casos que no son tan graves porque no involucran el orgullo: Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, Mas al altivo mira de lejos. Salmos 138:6.
Entre estos casos se puede mencionar el caso de Pedro, que en su liderazgo entre los discípulos se le olvidó quién era el que trazaba las pautas. Y que aunque no entendiera que El Cristo debía padecer, aunque al perecer, no lo haría por más de tres días debía sujfetarse a las palabras de El: Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Mateo 16:21-23.
Esta acción de Jesús es propia de lo intrínseco a su ministerio que era lo que Pedro le estába recomendando no hacer. Jesús no se hizo enemigo de Pedro, más bien contextualiza la naturaleza de sus palabras así como ya había contextualizado las palabras que le había revelado el Padre: El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Mateo 16:15-18.
No dar crédito a palabras que no vallan de acuerdo con el plan de Dios para nuestras vidas es nuestro deber. Si Cristo lo defendió como si estuviera en el desierto siendo tentado por el mismo enemigo, quiere decir que nosotros, aunque anclados en Dios, somos responsables de no dar lugar al Diablo en nuestra vida, pues Dios no es hombre para mentir, ni hijo de hombre para arrepentirse. Lo que interfiere con tu fluir en El Espíritu Santo y no es corregido por la palabra de Dios: es lo que eres en Dios.

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