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La autojustificación.

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  La parábola del hijo pródigo, narrada en Lucas 15:11-32, suele centrarse en el hijo menor que se pierde y vuelve, pero también revela el corazón del hijo mayor. Este, al ver la celebración por el regreso de su hermano, se llena de enojo y se niega a entrar. Su reacción no surge de la nada; más bien deja ver una lucha interna. Aunque él se consideraba fiel, es muy probable que también hubiera cometido errores que su padre había pasado por alto o perdonado. Sin embargo, su prudencia y discreción hacían que sus faltas fueran menos visibles, incluso para él mismo. El hijo mayor representa a quienes, por no haber caído en pecados evidentes, comienzan a justificarse a sí mismos. En Lucas 15:29 él dice: “He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás”. Esta afirmación suena más a percepción que a realidad, pues la Escritura enseña que nadie está libre de pecado. Su problema no era solo su enojo, sino su incapacidad de reconocer que también necesitaba gracia. La Biblia d...

Debemos aprender que no tenemos la visión de todo el panorama?

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  El pueblo de Israel llegó al mar rojo en uno de los momentos más críticos de su historia. Detrás tenían al ejército de Faraón y delante un mar imposible de cruzar. Humanamente no había salida. La Escritura dice: “Y dijo Moisés al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros… Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos” (Éxodo 14:13-14). Mientras ellos solo veían peligro, Dios ya estaba viendo una victoria que aún no se manifestaba. Para Israel, el mar rojo era un símbolo de límite, de encierro, de muerte segura. Sin embargo, Dios le dio una orden que parecía ilógica: “Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen” (Éxodo 14:15). Dios no estaba mirando el problema como ellos, sino el propósito. Donde ellos veían el final, Dios veía el comienzo de un milagro. Y el milagro llegó en el momento preciso. La Biblia relata: “Y Moisés extendió su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar ...

"Yo amo su casa"

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 David, el dulce cantor de Israel, expresó un amor profundo por la casa de Jehová. Para él, el templo no era solo un lugar físico, sino el centro visible de la presencia de Dios en medio del pueblo. Su corazón anhelaba estar allí, adorar allí, y contemplar la hermosura del Señor en ese lugar sagrado. En el Salmo 27:4, David dice: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.” Aquí vemos cómo su deseo no era solo cumplir un ritual, sino habitar constantemente en la presencia de Dios representada en el templo. También en el Salmo 84:10 expresa ese mismo sentir: “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos; escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad.” Para David, no había lugar comparable a la casa de Dios; su valor espiritual superaba cualquier otro espacio o experiencia. Sin embargo, en e...

Medita, reflexiona, cálmate!

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  La historia de David, junto a Joab y Abner, muestra cómo el corazón del hombre puede acercarse o alejarse del propósito de Dios aun estando cerca del ungido. David fue escogido por Dios para reinar sobre Israel, como vemos en 1 Samuel 16:13: “Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David”. A su alrededor se levantaron hombres valientes, pero no todos terminaron de la misma manera. Joab, hijo de Sarvia, fue uno de los hombres más cercanos a David. Fue su general, su apoyo en batalla, y en varias ocasiones mostró honra hacia el rey. Un ejemplo claro es cuando conquistó Rabá, pero no quiso quedarse con la gloria, sino que llamó a David para que la ciudad llevara su nombre. En 2 Samuel 12:28 dice: “Reúne, pues, ahora al pueblo, y acampa contra la ciudad, y tómala; no sea que yo tome la ciudad, y sea llamada de mi nombre”. Allí vemos a un Joab que reconoce la autoridad de David y le da el l...

Inquieto, o tranquilo?

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  La Biblia nos enseña que Dios no está limitado por el tipo de carácter de una persona. Él no busca solamente a los fuertes, ni solamente a los tranquilos, sino a los que están dispuestos a obedecerle. En la vida del rey David y su descendiente el rey Josafat vemos dos estilos muy distintos de carácter, pero un mismo resultado: ambos cumplieron el propósito de Dios. David era un hombre de carácter determinado, apasionado y valiente. Desde joven enfrentó desafíos con decisión, como cuando derrotó a Goliat confiando en Dios. En 1 Samuel 17:45 dijo: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado”. Este tipo de carácter lo llevó a grandes victorias, pero también a cometer errores cuando no dominaba sus impulsos. A pesar de sus fallas, David siempre mostró un corazón que volvía a Dios con sinceridad. Cuando pecó, no endureció su corazón, sino que se humilló. En Salm...

Ni bien, ni mal!

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  Desde el principio de la Biblia vemos que conocer el bien y el mal no era el camino que Dios había preparado para la felicidad del ser humano. En el huerto del Edén, Dios dio una advertencia clara a Adán. Dice la Escritura: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17). Dios no quería que el hombre viviera guiado solo por el conocimiento del bien y del mal, sino por una relación viva con Él. Sin embargo, cuando Adán y Eva comieron del fruto prohibido, adquirieron ese conocimiento, pero no obtuvieron felicidad ni plenitud. Al contrario, entraron el miedo, la vergüenza y la separación de Dios. La Biblia dice: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos” (Génesis 3:7). El conocimiento del bien y del mal no los hizo mejores; solo les mostró su condición caída. Esto nos enseña que saber...

Hay calvicie en ese ejemplo (1 Corintios 13:3)?

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  El apóstol Pablo escribió una advertencia muy profunda: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13:3). Con estas palabras nos recuerda que delante de Dios no solo cuentan las obras visibles, sino el motivo del corazón. Una acción puede parecer muy espiritual, pero si el corazón está torcido, delante de Dios pierde su valor. Un ejemplo claro de esto ocurrió con Ananías y Zafira. Ellos vendieron una propiedad y llevaron una parte del dinero a los apóstoles, como hacían otros creyentes. El problema no fue que entregaran solo una parte, sino que quisieron aparentar que lo daban todo. Pedro les dijo: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?… No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5:3–4). Su acción parecía generosa, pero el motivo era buscar reconocimiento mientras escondían la v...