"Tu sabes que yo hice mi esfuercito!"



El ser humano tiene un deseo natural de superarse, de avanzar y de vencer los obstáculos. En cierto sentido, esa fuerza puede ser positiva, porque Dios nos creó con capacidad para esforzarnos y buscar lo mejor. Sin embargo, cuando la competitividad se convierte en una lucha por demostrar que podemos lograrlo todo por nuestras propias fuerzas, comenzamos a apartarnos del propósito de Dios.

La Biblia nos recuerda que la verdadera victoria no depende solamente del esfuerzo humano. En el momento en que el pueblo de Israel estaba frente al mar y el ejército egipcio venía detrás de ellos, Dios les dio una instrucción sorprendente: “Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos” (Éxodo 14:14). En lugar de competir o luchar con sus propias fuerzas, debían aprender a confiar en que Dios actuaría.

Esto nos enseña que muchas veces la competitividad humana nos empuja a actuar con ansiedad, orgullo o desesperación. Queremos resolver todo rápido, demostrar capacidad o ganar reconocimiento. Pero en ese proceso podemos olvidar que la obra de Dios se sostiene primero en la dependencia de Él. No siempre la victoria viene del esfuerzo más intenso, sino de la confianza más profunda.

Algo parecido enseña también Isaías 30:15 cuando dice: “en quietud y en confianza será vuestra fortaleza”. Para la mentalidad humana esto parece extraño, porque pensamos que la fuerza está en hacer más, correr más o luchar más. Pero Dios muestra que la verdadera fortaleza nace cuando el corazón descansa en Él. 

Y es que antes que nosotros pensemos en una estrategia novedosa Dios tiene que permitirnos pensarla (tener la concentración para eso) debe permitirnos lograrla (tener las herramientas, el recurso humano y la logística) y por último, y no menos importante, es necesario que el que siempre ha sido grande (Dios) quiera que tú tengas parte en su gloria dándote el éxito.

La competitividad sin dependencia puede conducir al orgullo, y el orgullo muchas veces termina desviándonos del camino de Dios. La Biblia está llena de ejemplos de personas que comenzaron bien, pero cuando empezaron a confiar demasiado en sus propias capacidades, terminaron cayendo.

Entre estos ejemplos tenemos al Pedro que camino sobre las aguas y al quitar mirada de su maestro, vió lo que no tenía que ver, tuvo miedo al ver el fuerte viento y se empezó a hundir (Mateo 14:23-33).

Por eso el creyente necesita recordar que la meta no es simplemente ganar, sobresalir o demostrar fuerza. La meta es caminar en obediencia y permitir que Dios sea quien dirija nuestras batallas. El esfuercito que tú puedes poner es tu fe y perseverancia; pero hasta eso lo haces porque el te dió la vida!

Bendiciones! En la próxima ocasión, espera la segunda parte de este tema, Dios mediante!

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