Ni bien, ni mal!

 


Desde el principio de la Biblia vemos que conocer el bien y el mal no era el camino que Dios había preparado para la felicidad del ser humano. En el huerto del Edén, Dios dio una advertencia clara a Adán. Dice la Escritura: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17). Dios no quería que el hombre viviera guiado solo por el conocimiento del bien y del mal, sino por una relación viva con Él.

Sin embargo, cuando Adán y Eva comieron del fruto prohibido, adquirieron ese conocimiento, pero no obtuvieron felicidad ni plenitud. Al contrario, entraron el miedo, la vergüenza y la separación de Dios. La Biblia dice: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos” (Génesis 3:7). El conocimiento del bien y del mal no los hizo mejores; solo les mostró su condición caída.

Esto nos enseña que saber lo que es correcto y lo que es incorrecto no necesariamente cambia el corazón. Muchas personas saben lo que deben hacer, pero aun así hacen lo contrario. Por eso el apóstol Pablo expresó esa lucha interior diciendo: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:19). El conocimiento por sí solo no tiene el poder de transformar la naturaleza humana.

Algo parecido ocurrió con el pueblo de Israel bajo el antiguo pacto. Dios les dio la ley para mostrarles el bien y el mal. Los mandamientos eran santos y buenos, pero la ley no podía cambiar el corazón del hombre. Por eso está escrito: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo” (Gálatas 3:24). La ley enseñaba lo correcto, pero no podía producir la vida que Dios deseaba en el interior del ser humano.

El nuevo pacto trae una solución diferente. En lugar de depender solo de mandamientos externos, Dios promete transformar el corazón. La Escritura dice: “Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré” (Hebreos 8:10). Aquí vemos que la verdadera felicidad no viene solo de conocer el bien, sino de tener un corazón renovado por Dios.

Por eso Jesucristo vino al mundo. Él no vino solamente a enseñar lo correcto, sino a dar una vida nueva. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). La vida abundante no se basa solo en saber qué es bueno y qué es malo, sino en vivir unidos a Cristo y guiados por su Espíritu.

La historia desde Adán hasta el nuevo pacto nos deja una lección clara. El conocimiento del bien y del mal muestra nuestra condición, pero no puede hacernos felices ni justos delante de Dios. La verdadera felicidad comienza cuando el corazón es transformado y aprendemos a vivir en comunión con Dios, no solo sabiendo lo que es correcto, sino teniendo el poder para vivirlo.

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