Hay calvicie en ese ejemplo (1 Corintios 13:3)?

 


El apóstol Pablo escribió una advertencia muy profunda: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13:3). Con estas palabras nos recuerda que delante de Dios no solo cuentan las obras visibles, sino el motivo del corazón. Una acción puede parecer muy espiritual, pero si el corazón está torcido, delante de Dios pierde su valor.

Un ejemplo claro de esto ocurrió con Ananías y Zafira. Ellos vendieron una propiedad y llevaron una parte del dinero a los apóstoles, como hacían otros creyentes. El problema no fue que entregaran solo una parte, sino que quisieron aparentar que lo daban todo. Pedro les dijo: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?… No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5:3–4). Su acción parecía generosa, pero el motivo era buscar reconocimiento mientras escondían la verdad. Por eso la Escritura dice que “al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró” (Hechos 5:5), y más tarde ocurrió lo mismo con Zafira (Hechos 5:9–10).

Algo parecido se puede ver en la vida de Saúl. Él fue ungido por Dios como rey y recibió grandes oportunidades para obedecerle, pero su corazón se fue llenando de orgullo, celos y desobediencia. Llegó un momento en que, viendo la batalla perdida contra los filisteos, decidió quitarse la vida. La Biblia dice: “Entonces dijo Saúl a su escudero: Saca tu espada y traspásame con ella… pero su escudero no quería, porque tenía gran temor. Entonces tomó Saúl la espada y se echó sobre ella” (1 Samuel 31:4). La tragedia de Saúl no comenzó en ese campo de batalla, sino mucho antes, cuando empezó a preocuparse más por su honra y su posición que por obedecer a Dios (1 Samuel 15:24).

El caso de Judas Iscariote también muestra cómo un corazón torcido puede convivir con actos que parecen religiosos. Judas caminó con Jesús, escuchó sus enseñanzas y fue contado entre los doce. Sin embargo, su motivación estaba contaminada por el amor al dinero. La Escritura dice que era ladrón y que tomaba de la bolsa común (Juan 12:6). Finalmente entregó al Señor por treinta piezas de plata (Mateo 26:14–15). Después, al ver las consecuencias de su acción, sintió remordimiento, pero no un arrepentimiento que lo llevara a Dios, y terminó quitándose la vida: “Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó” (Mateo 27:5).

En los tres casos vemos algo en común: las acciones externas parecían nobles, pero, no fueron hechas con un corazón sincero delante de Dios. Ananías y Zafira querían aparentar generosidad, Saúl quería conservar su honra y su reino, y Judas buscaba beneficio personal. Sus decisiones nacieron de motivaciones equivocadas, y terminaron en tragedia.

Por eso el mensaje de 1 Corintios 13:3 es tan serio. Dios no se impresiona solamente con sacrificios, ofrendas o actos religiosos. Él mira el corazón. La Biblia dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23). Cuando el corazón se llena de orgullo, mentira o codicia, incluso las obras que parecen buenas se vacían de su verdadero valor.

Esta enseñanza nos invita a examinarnos delante de Dios. No basta con hacer cosas para Él; es necesario hacerlo con amor y con un corazón sincero. Cuando el amor verdadero gobierna el corazón, nuestras obras nacen de la verdad y no de la apariencia. Entonces sí se cumple lo que Dios desea: que todo lo que hagamos sea para su gloria y no para alimentar nuestro propio ego.

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