La autojustificación.
La parábola del hijo pródigo, narrada en Lucas 15:11-32, suele centrarse en el hijo menor que se pierde y vuelve, pero también revela el corazón del hijo mayor. Este, al ver la celebración por el regreso de su hermano, se llena de enojo y se niega a entrar. Su reacción no surge de la nada; más bien deja ver una lucha interna. Aunque él se consideraba fiel, es muy probable que también hubiera cometido errores que su padre había pasado por alto o perdonado. Sin embargo, su prudencia y discreción hacían que sus faltas fueran menos visibles, incluso para él mismo.
El hijo mayor representa a quienes, por no haber caído en pecados evidentes, comienzan a justificarse a sí mismos. En Lucas 15:29 él dice: “He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás”. Esta afirmación suena más a percepción que a realidad, pues la Escritura enseña que nadie está libre de pecado. Su problema no era solo su enojo, sino su incapacidad de reconocer que también necesitaba gracia.
La Biblia declara en Romanos 3:23: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Esto incluye tanto al hijo menor como al mayor. Uno pecó de manera evidente y escandalosa; el otro, de manera más silenciosa, pero igualmente real. El peligro del hijo mayor fue medir su justicia comparándose con su hermano, en lugar de reconocer su propia condición delante del padre.
El punto central es que todo pecado, grande o pequeño a nuestros ojos, exige un pago. Romanos 6:23 dice claramente: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. Esto significa que tanto el hijo menor como el mayor merecían la muerte. Sin embargo, el padre extiende misericordia, no porque alguno lo merezca más, sino por amor.
El hijo mayor, al no comprender esto, se llena de indignación cuando su hermano es restaurado. En Lucas 15:28 se nos dice que “se enojó, y no quería entrar”. Su reacción revela que nunca entendió la gracia del padre. Pensaba que la relación con su padre era una recompensa por su conducta, no un regalo basado en el amor. Por eso le cuesta aceptar que otro reciba el mismo favor sin haber “trabajado” por él.
El padre, sin embargo, le responde con ternura y verdad. En Lucas 15:31-32 le dice: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”. Aquí el padre le recuerda que la gracia no es injusta; más bien, es necesaria, porque sin ella todos estarían perdidos.
Esta parábola nos llama a examinarnos. Tal vez no hemos vivido como el hijo menor, pero eso no significa que no necesitemos perdón. Todos hemos pecado y todos hemos sido librados de la muerte por la misericordia de Dios. Por eso, en lugar de compararnos o justificarnos, deberíamos vivir agradecidos, reconociendo que se nos ha perdonado la vida, y celebrando cada vez que otro también recibe esa misma gracia.

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