La importancia de ser enviado!

 



La vida de Cristo nos enseña que los asuntos de Dios deben ser tomados con seriedad, orden y compromiso. Aunque a algunos les pueda parecer extraño llamar “negocio” a lo relacionado con el reino de Dios, fue el mismo Jesús quien usó esa expresión cuando tenía apenas doce años. En La Biblia, después de que María y José lo buscaron angustiosamente, Él respondió: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”, Lucas 2:49. Con esas palabras, Cristo mostraba que la obra de Dios no era algo improvisado, sino un asunto importante que requiere dedicación, responsabilidad y propósito.

Es interesante notar que Jesús dijo estas palabras siendo todavía un niño, pero no comenzó oficialmente su ministerio hasta alrededor de los treinta años, como registra La Biblia. Esto nos deja una gran enseñanza acerca de la preparación y del tiempo de Dios. Cristo pasó años creciendo, aprendiendo y esperando el momento correcto para manifestarse públicamente. Vivimos en tiempos donde muchos quieren correr sin haber sido formados, hablar sin haber aprendido y enseñar sin distinguir correctamente entre una parábola, una enseñanza o el contexto de las Escrituras. Pero Jesús mostró paciencia, excelencia y obediencia al proceso del Padre.

Cuando llegó el momento de comenzar su ministerio, Jesús acudió a Juan el Bautista para ser bautizado en el río Jordán. Esto fue algo sorprendente, porque Él nunca cometió pecado. La Biblia dice que Cristo “no conoció pecado”, y aun así decidió humillarse y participar de un bautismo que llamaba al arrepentimiento. Juan mismo se resistía, diciendo que era él quien necesitaba ser bautizado por Jesús. Sin embargo, Cristo respondió en La Biblia: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”, Mateo 3:13-15. Jesús comenzó su ministerio desde la humildad y la obediencia.

Después de ese acto de humillación vino la confirmación del Padre. Los evangelios cuentan que cuando Jesús salió del agua, los cielos se abrieron, el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma y se escuchó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”Mateo 3:16-17, como aparece en La Biblia. Aquí vemos un principio espiritual poderoso: el que se humilla delante de Dios es exaltado por Él. Cristo no buscó exaltarse a sí mismo; fue el Padre quien dio testimonio público de Él.

Luego de esa manifestación gloriosa, el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo, según La Biblia. Esto demuestra que después de la preparación y de la aprobación también llegan las pruebas. En el desierto, Cristo puso en práctica todo aquello para lo que había estado preparado durante años. Venció cada tentación usando la Palabra de Dios, permaneciendo firme en obediencia y dependencia del Padre, Mateo 4:1-11. Donde el primer Adán cayó, Jesús venció. El desierto no fue un accidente, sino parte de su fortalecimiento para la obra que había venido a realizar.

Otro momento importante en el comienzo del ministerio de Jesús ocurrió en las bodas de Caná, narradas en La Biblia. Allí, cuando faltó el vino, María acudió a Jesús confiando plenamente en Él. Aunque Cristo respondió que aún no había llegado su hora, María les dijo a los sirvientes: “Haced todo lo que os dijere”, Juan 2:4-5. Entonces Jesús convirtió el agua en vino, realizando así su primer milagro público. Este acontecimiento marcó el inicio visible de su ministerio y mostró la fe y confianza que María tenía en el llamado de su Hijo.

Jesús era completamente Dios, pero también completamente hombre. Como hombre, vivió procesos humanos, aprendió obediencia, Hebreos 5:8-9, esperó el tiempo correcto y recibió respaldo de quienes Dios puso cerca de Él. María, la sierva del Señor, tuvo un papel especial al animar aquel comienzo en Caná. Todo esto nos enseña que Dios trabaja con orden, preparación y propósito. Cristo no improvisó su ministerio; caminó paso a paso en obediencia al Padre, y nos dejó ejemplo de humildad, disciplina y fidelidad al tiempo perfecto de Dios.

Comentarios