Dios de toda gracia!



 Hay momentos en los que el creyente mira su propia vida y reconoce sus debilidades, errores y limitaciones. Sin embargo, también descubre una verdad más grande: el amor de Dios no depende de nuestra perfección. David entendió esto cuando escribió que ni siquiera las tinieblas pueden ocultarnos de la mirada del Señor. Dios conoce lo más profundo del corazón humano y aun así permanece cercano. Por eso dijo el salmista:

 “Aun las tinieblas no encubren de ti,

y la noche resplandece como el día;

lo mismo te son las tinieblas que la luz.”

— Salmos 139:12

Dios no ama una versión idealizada del hombre; Él ama al ser humano tal como es, conociendo completamente su interior. Antes de que alguien naciera, Dios ya sabía sus luchas, sus pensamientos y aun sus caídas. Eso no significa que apruebe el pecado, sino que Su conocimiento es perfecto y Su misericordia es más profunda de lo que el hombre imagina. El mismo Salmo 139 declara que Dios formó al hombre desde el vientre y que ninguno de sus días le era desconocido.

La Biblia también muestra que Dios, en Su soberanía, puede usar incluso a personas malvadas para cumplir propósitos mayores. En muchos momentos levantó reyes, naciones o instrumentos inesperados para corregir, probar o dirigir acontecimientos. Porque Él conoce el espíritu de cada persona y sabe hasta dónde puede llegar cada corazón. Isaías expresó esta verdad diciendo:

 “He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir.”

— Isaías 54:16

Sin embargo, aunque Dios permita ciertas pruebas o conflictos, Su pueblo no está abandonado. El Señor deja claro que quien se levante injustamente contra Sus hijos no cuenta con Su respaldo. Hay diferencia entre lo que Dios permite y lo que Él aprueba. Por eso Isaías también escribió:

“Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá.”

— Isaías 54:15

Cuando el creyente comprende esto, empieza a descansar más en la gracia de Dios que en sus propias fuerzas. El apóstol Pablo enseñó que la gracia divina es capaz de sobrepasar aun la abundancia del pecado. No para vivir descuidadamente, sino para entender que la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al que reconoce sinceramente su necesidad de Él. Como dice Romanos 5:20: “cuando el pecado abundó, sobre abundó la gracia”.

Cristo mismo, quien pronunció las bienaventuranzas en Mateo 5, conoce perfectamente la condición humana. Él sabe quién es débil, quién lucha, quién está cansado y quién necesita restauración. Por eso podía acercarse a pecadores, tocar leprosos y levantar a los caídos sin ignorar la verdad. Jesús conoce cada “vasija”, cada corazón y cada batalla interior. Nada de nosotros le sorprende.

Por eso el creyente puede caminar con humildad y esperanza. Humildad, porque reconoce sus limitaciones; y esperanza, porque sabe que el amor de Dios es mayor que sus tinieblas. El Señor conoce a los suyos desde antes de la fundación del mundo y no deja de obrar en ellos. Aun en medio de luchas, pruebas o ataques, Dios sigue siendo refugio, guía y Padre para aquellos que confían en Él.

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