Las políticas de Dios son el lindero que nos protege del precipicio!
El profeta Samuel vivió un momento difícil cuando Dios decidió quitar a Saúl del trono de Israel. Samuel había ungido a Saúl, había orado por él y deseaba verlo permanecer como rey. Su corazón estaba ligado a ese proceso. Sin embargo, el querer de Samuel chocó con la decisión firme de Dios, quien ya había determinado remover a Saúl por su desobediencia. Esto nos muestra que aun los hombres de Dios pueden tener sentimientos que no coinciden con los planes perfectos del Señor.
La Biblia muestra el dolor de Samuel ante esta situación. En 1 Samuel 15:35 se dice: “Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida; y Samuel lloraba a Saúl; y Jehová se arrepentía de haber puesto a Saúl por rey sobre Israel.” Aquí vemos a un hombre de Dios sufriendo por alguien que había fallado, pero también vemos a Dios actuando conforme a su justicia. Samuel sentía, pero Dios decidía.
Dios mismo confronta ese apego emocional de Samuel. En 1 Samuel 16:1 le dice: “Dijo Jehová a Samuel: ¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey.” Dios no ignora el dolor de Samuel, pero le deja claro que Su decisión es firme y que hay un nuevo propósito en marcha.
Ahora bien, aunque Saúl fue removido del trono, Dios no lo condenó inmediatamente a muerte ni a una desesperanza absoluta. Saúl siguió viviendo, y durante un tiempo coexistió con el proceso del levantamiento de David. Esto es importante, porque muestra que Dios no solo ejecuta juicio, sino que también da oportunidades. Saúl tuvo espacio para reconocer su condición, para ver el obrar de Dios y, si hubiese querido, encaminar su corazón hacia una restauración espiritual.
De hecho, Dios permitió que Saúl conociera a David, el próximo rey. En 1 Samuel 16:21 dice: “Y viniendo David a Saúl, estuvo delante de él; y él le amó mucho, y le hizo su paje de armas.” Esto revela que la transición no comenzó con guerra, sino con cercanía. Dios diseñó un proceso donde Saúl pudo ver de cerca al hombre que ocuparía su lugar. Era una oportunidad para humillarse, aprender y alinearse con el plan de Dios.
Sin embargo, Saúl no aprovechó esa oportunidad. En lugar de permitir que esa transición produjera restauración en su vida, su corazón se llenó de celos, temor y desobediencia. Lo que pudo ser un proceso de sanidad espiritual se convirtió en una lucha interna. Esto nos enseña que Dios puede abrir puertas de restauración, pero cada persona decide cómo responder a ellas.
Finalmente, esto nos lleva a una reflexión importante: ¿qué pasa si quien tiene el poder no ejecuta políticas de orden, como lo hace Dios? Si Dios no actuara con justicia, el desorden, la injusticia y la corrupción dominarían sin límite. El orden divino, aunque a veces duela, es necesario para preservar el propósito. Cuando el que gobierna no corrige, el caos crece; pero cuando Dios interviene, aun quitando y poniendo, lo hace para restaurar y encaminar todo hacia su voluntad perfecta.

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