Se me olvidó que tengo tobillo!
El apóstol Pablo escribe en Epístola a los Filipenses 3:12: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”. Estas palabras revelan una verdad profundamente humana y espiritual: la vida cristiana no es perfecta en teoría, pero si en la práctica. Cuando obramos por fe, a pesar de nuestra imperfección, somos perfeccionados en Cristo (1 Juan 3:2-3 y Efesios 2:10).
Cuando contrastamos este pasaje con Génesis 3:15, encontramos el anuncio de una promesa de victoria a pesar de daño colateral: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Allí, en el mismo escenario del fracaso humano, Dios establece el primer anuncio de redención: redención que se sobrepone al daño causado por el error cometido por Adán y Eva.
Pablo, siglos después, encarna esa misma dinámica. Él sabe que la victoria en Cristo es una realidad, pero también entiende que su experiencia personal aún está en construcción. No se considera perfecto, porque la perfección absoluta pertenece al cumplimiento final del plan de Dios. Sin embargo, prosigue. La palabra “prosigo” implica esfuerzo intencional, enfoque y determinación. La promesa de Génesis garantiza el triunfo; la exhortación de Filipenses nos llama a caminar hacia él.
Esto nos enseña que la vida cristiana es vivir entre la promesa y el cumplimiento. Cristo ya venció —cumpliendo la palabra dada en Génesis— pero nosotros avanzamos día a día apropiándonos de esa victoria. Recordando que la victoria es legalmente nuestra pues Cristo la ganó por nosotros (Colosenses 2:14-15); lo que nosotros hacemos es creerle a El y a su palabra (Efesios 2:8-10).
Y es que como humanos solemos pensar, que nos corresponde una victoria sin dolor, sin dificultades ni contratiempos; y somos engañados por nuestras emociones cuando sentimos el viento en contra en algún emprendimiento. Pero es el mismo Pablo que consintió la muerte del primer mártir cristiano y se conocía imperfecto que dice: yo vivo por fé y no por lo que pueda sentir en mi tobillo cuando me extiendo para alcanzar lo que está delante (paráfrasis).
Por eso, la reflexión final es clara: cuando intentemos llegar a la perfección vamos a ser mordidos en el tobillo, mas eso no entorpece nuestra victoria. La promesa del Edén nos asegura el final; la exhortación de Pablo nos impulsa en el presente. Prosigamos, entonces, no con desesperación, sino con esperanza firme, sabiendo que el Dios que prometió en el principio es fiel para completar su obra en nosotros.
Querido lector, te anuncio por aquí que: por voluntad de Dios, por su palabra Santa y eterna, estaré el tiempo que Dios quiera sin publicar por este blog. Esperando sus oraciones para que, esté u otro servidor, pueda continuar la prédica de el evangelio hermoso. Bendiciones mil!

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