Cambiando de mentalidad.
En la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32), muchas veces se pone toda la atención en el hijo menor, pero en realidad hay dos hijos pródigos. Ambos, en momentos distintos, deshonraron al padre y necesitaron un cambio profundo en su manera de ver la vida.
El hijo menor deshonró al padre cuando pidió su herencia antes de tiempo y se fue lejos. Su error no fue solo gastar los bienes, sino vivir como si el padre no importara. Dice la Escritura: “y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente” (Lucas 15:13). Su corazón se alejó antes que sus pies, y terminó vacío, necesitado y sin identidad.
Sin embargo, cuando tocó fondo, cambió su percepción. Reconoció su condición y recordó la bondad de su padre. Entonces dijo: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lucas 15:18). Este cambio interno lo llevó al arrepentimiento, y ese arrepentimiento lo condujo de regreso a casa.
Por otro lado, el hijo mayor también deshonró al padre, aunque de una forma más sutil. Él nunca se fue de casa, pero su corazón estaba lejos. Cuando su hermano regresó, reaccionó con enojo y dureza. La Escritura dice: “se enojó, y no quería entrar” (Lucas 15:28). Su problema no era conducta externa, sino una visión equivocada del padre, a quien veía más como amo que como padre amoroso.
El padre salió también a él, mostrándonos que ambos hijos necesitaban restauración. Al mayor le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas” (Lucas 15:31). Él necesitaba cambiar su percepción: dejar de vivir por obligación y comenzar a vivir en la gracia y el amor del padre.
Así, tanto el hijo menor como el mayor requerían arrepentimiento. Uno debía volver físicamente, el otro debía volver en su corazón. Por eso, el llamado sigue siendo el mismo: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38). El arrepentimiento no es solo para el que se fue lejos, sino también para el que nunca se fue, pero está mal por dentro.
Y el Señor sigue extendiendo la invitación a ambos tipos de hijos: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Tanto el que se perdió en el mundo como el que se perdió en su propia justicia, necesitan abrir la puerta y dejar que el Padre restaure su vida.

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