De dónde viene el mal?



Muchas veces el ser humano se pregunta de dónde proviene el mal, especialmente cuando atraviesa momentos de dolor, enfermedad o pérdida. A simple vista parece que el sufrimiento contradice la bondad de Dios, pero la Biblia nos guía a entender que el mal no nace del corazón de Dios, sino de la corrupción del mundo y de la naturaleza caída del hombre. Aun así, el justo no está desamparado, aunque su cuerpo, que es lo que más le duele, se le deteriore o sufra. Dios sigue siendo fiel en medio de todo.

La Palabra nos recuerda que Dios es bueno en esencia y en sus obras. En Santiago 1:17 está escrito: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. Esto nos deja claro que lo bueno viene de Dios, y por tanto, el mal no tiene su origen en Él. Dios no cambia, ni hoy es bueno y mañana malo; su naturaleza es perfectamente justa y llena de amor.

Por otro lado, Santiago 3:11 nos da una imagen clara para discernir esto: “¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?”. Con esta pregunta, la Biblia nos enseña que de una misma fuente no pueden salir dos naturalezas opuestas. Si Dios es la fuente de todo lo bueno, entonces el mal no procede de Él. El mal es consecuencia del pecado, de la desobediencia y de un mundo que se ha apartado de su Creador.

Sin embargo, el justo vive por la fe. Aunque sufra en el cuerpo, aunque experimente dolor físico o emocional, su esperanza no está en lo visible, sino en lo eterno. Cree firmemente que “la bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella”. Esta verdad sostiene al creyente en medio de la prueba, porque entiende que lo que Dios da no produce dolor, sino vida, aun cuando el proceso sea difícil.

El sufrimiento del justo no significa abandono, sino muchas veces formación, prueba o tránsito hacia algo mayor. Dios obra incluso en medio de lo que parece negativo, pero sin ser el autor del mal. El justo confía en que hay un propósito más alto, aunque no lo comprenda en el momento. Su fe le permite mantenerse firme cuando su cuerpo se debilita, porque su espíritu está fortalecido en Dios.

Por eso, hay una gran diferencia entre el que teme sin conocer a Dios y el que cree en Él. El que solo teme, vive esperando castigo, interpretando todo mal como condena. Pero el que cree, descansa en el carácter de Dios. Sabe que Dios es fiel, justo y verdadero, y que no obra con maldad contra sus hijos.

Así entendemos lo que enseña la Escritura: el que teme espera castigo, mas el que cree sabe que Dios no es hombre para mentir, ni hijo de hombre para arrepentirse. El creyente descansa en esa verdad, confiando en que, aunque el mal exista en el mundo, Dios sigue siendo bueno, y su fidelidad nunca falla.

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