Debemos ser sinceros.
La psicología reconoce que las emociones surgen en lo profundo del ser humano, y la Biblia lo expresa de manera clara al señalar el corazón como la fuente de lo que sentimos y hacemos. Cuando una emoción nace en el corazón, comienza a influir en nuestros pensamientos, y si la conciencia no encuentra razones firmes para detenerla, esa emoción termina guiando la voluntad. Por eso el hombre actúa muchas veces no por convicción, sino por impulso, dejando que lo que siente gobierne sobre lo que sabe que es correcto.
La Palabra de Dios lo declara así en Proverbios 4:23: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. Esto nos enseña que el corazón no solo siente, sino que dirige la vida. Si no cuidamos lo que se forma dentro de nosotros, nuestras decisiones serán el reflejo de emociones desordenadas, y no de una conciencia alineada con Dios.
Cuando la conciencia pierde argumentos, la voluntad se debilita. Es ahí donde el pecado encuentra espacio, porque el hombre deja de luchar internamente y simplemente cede. Santiago 1:14-15 lo explica: “Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Todo comienza dentro, en ese lugar donde las emociones y los deseos toman forma.
Muchos cristianos, aun conociendo esta verdad, desperdician la porción de gracia que Dios les ha dado. ¿Cómo ocurre esto? Ocultando su realidad interior delante de Dios. Pretenden acercarse a Él con apariencia, pero sin sinceridad. Guardan sus luchas, sus emociones desordenadas y sus pensamientos, en lugar de rendirlos completamente al Señor.
Sin embargo, Dios no busca perfección aparente, sino un corazón sincero. El Salmo 51:17 lo dice claramente: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. La gracia de Dios fluye hacia aquel que no se esconde, sino que reconoce su condición y se presenta tal como es.
Cuando una persona deja de ocultarse y se acerca con humildad, su conciencia es fortalecida por la verdad de Dios. Entonces, las emociones ya no dominan la voluntad, sino que la voluntad se somete a Dios. En ese proceso, la gracia deja de ser desperdiciada y comienza a producir transformación real en la vida.
Por eso, el llamado es claro: no esconder el corazón, sino entregarlo. No justificar las emociones, sino examinarlas a la luz de Dios. Cuando vivimos así, dejamos de ser gobernados por lo que sentimos y comenzamos a ser guiados por la verdad. Y allí, en ese lugar de sinceridad y rendición, la gracia de Dios cumple su propósito en nosotros.

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