Conocimiento, o vanagloria?

 


La Biblia enseña que no todo conocimiento produce sabiduría. Hay una línea muy delgada entre quien aprende algo para servir mejor a Dios, y quien comienza a sentirse superior por lo que sabe. Por eso el apóstol Pablo escribió en Primera Carta a los Corintios que el conocimiento, cuando no está acompañado por el amor de Dios, puede llenar el corazón de orgullo.

“Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él.” (1 Corintios 8:2-3)

Un ejemplo claro de esto fue Nabucodonosor. Después de ver con sus propios ojos cómo Dios libró a Sadrac, Mesac y Abed-nego del horno de fuego, reconoció públicamente la grandeza del Dios de Israel y mandó a respetar Su nombre. Sin embargo, todavía no había permitido que Dios quebrantara completamente su orgullo. Conocía el poder de Dios, pero todavía no había aprendido humildad.

Dice la Escritura en Libro de Daniel:

“Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre.” (Daniel 4:34)

Dios permitió que Nabucodonosor perdiera el juicio y viviera como una bestia por siete años, hasta que entendió que toda gloria humana es pequeña delante del Señor. Cuando volvió sus ojos al cielo, recuperó la razón y aprendió humildad. Esto demuestra que el problema no es conocer mucho, sino permitir que el conocimiento ocupe el lugar que solo le pertenece a Dios.

El libro de Proverbios enseña:

“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.” (Proverbios 9:10)

El temor de Dios debe estar por encima de cualquier capacidad intelectual. Una persona puede estudiar, aprender y desarrollarse, pero si su corazón se llena de vanagloria, el conocimiento termina separándolo de la voluntad de Dios. Por eso el apóstol Juan habló de “la vanagloria de la vida” como parte del sistema caído del mundo.

“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.” (1 Juan 2:16)

Lo triste sería que alguien que dice seguir a Cristo se aferre tanto a su propia intelectualidad que deje de escuchar la voz de Dios. El Señor no rechaza al que sabe; rechaza al orgulloso que no quiere ser corregido. Cuando Dios confronta nuestra vida, la respuesta correcta es la humildad.

Ser humilde no siempre significa rendirse sin luchar; muchas veces significa luchar para que Dios transforme nuestro carácter. Así ocurrió con Jacob, quien peleó en oración hasta recibir bendición y un nuevo nombre en Génesis. Dios puede cambiar la historia de quien reconoce su necesidad y se deja moldear por Él.

El verdadero conocimiento no es el que hace que las personas admiren nuestra inteligencia, sino el que nos acerca más al corazón de Dios.

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