Ejercitando los sentidos espirituales!
La Biblia habla de un creyente que crece, que madura y que aprende a discernir. En el Libro de Hebreos leemos que el alimento sólido es para los maduros, “para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5:14). Un cristiano maduro no es el que más habla, sino el que ha aprendido a ejercitar sus sentidos espirituales. Es alguien que, a través de la práctica constante, ha afinado su oído para escuchar a Dios y su corazón para obedecerle.
Ejercitar los sentidos espirituales implica disciplina. Así como el cuerpo necesita entrenamiento para fortalecerse, el espíritu necesita oración, Palabra y obediencia diaria. No se trata solo de conocer versículos, sino de aplicarlos. El creyente maduro aprende a distinguir lo que agrada a Dios de lo que parece bueno pero no lo es. Ese discernimiento no nace de la emoción, sino de la comunión constante con el Señor.
Este pensamiento armoniza profundamente con la oración de David después de su pecado. En el Libro de los Salmos, él clama: “Renueva un espíritu recto dentro de mí… y espíritu noble me sustente” (Salmo 51:10,12). David entendió que, después de fallar, necesitaba algo más que perdón: necesitaba firmeza interior. Un espíritu noble es un espíritu estable, sostenido por Dios.
Aquí vemos una conexión hermosa. El cristiano maduro no es el que nunca cae, sino el que sabe volver a Dios con humildad. David pecó, pero no endureció su corazón. Reconoció su falta y pidió ser restaurado. Eso es parte de tener los sentidos ejercitados: saber reconocer el error y correr al Padre en lugar de huir de Él.
Un espíritu noble sostiene al creyente en momentos de debilidad. Cuando los sentidos espirituales están entrenados, el alma detecta rápidamente el peligro del pecado. Hay una sensibilidad interior que alerta, corrige y guía. Esa sensibilidad es fruto de una relación viva con Dios.
Madurez espiritual no significa perfección, sino constancia en el crecimiento. Es permitir que el Espíritu Santo nos forme, nos discipline y nos levante cuando tropezamos. Es pedir cada día: “Señor, ejercita mis sentidos y sostén mi espíritu”.
Que nuestra oración sea como la de David: que Dios renueve nuestro interior y nos dé un espíritu firme. Y que, a través del uso constante de la Palabra, nuestros sentidos espirituales estén despiertos, listos para discernir y vivir conforme a Su voluntad.

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