Arma de doble filo.

 


La confirmación puede ser un regalo de Dios, pero también un riesgo cuando se convierte en dependencia. La fe bíblica no se sostiene en la necesidad constante de pruebas, sino en la confianza en la palabra de Dios. Cuando el corazón se acostumbra a ser confirmado para obedecer, comienza a debilitarse en aquello que Dios más valora: la fe que cree sin ver. Por eso, la confirmación puede ser un arma de doble filo; puede afirmar, pero también puede desviar.

Un ejemplo claro lo encontramos en el llamado “profeta de Judá”, en 1 Reyes capítulo 13. Este hombre recibió una palabra directa de Dios y además vio su cumplimiento inmediato, lo cual debió fortalecer su convicción. Sin embargo, después de haber sido confirmado, permitió que su corazón buscara otra voz, otra revelación, y allí fue engañado por un viejo profeta. Lo que comenzó en obediencia terminó en tragedia, porque la confirmación inicial no sustituyó la necesidad de permanecer firme en lo que Dios ya había dicho.

Algo similar ocurrió con el pueblo de Israel tras salir de Egipto. Fueron testigos de señales extraordinarias: el mar abierto, el maná del cielo, la presencia visible de Dios. Sin embargo, cuando llegó el momento de creerle a Dios para entrar en la tierra prometida, rechazaron el testimonio de Josué y Caleb. A pesar de tantas confirmaciones, su corazón se inclinó a la incredulidad. Esto demuestra que ver mucho no garantiza creer correctamente.

También está el caso de Gedeón, quien pidió múltiples señales para asegurarse de que Dios estaba con él. Dios, en su misericordia, respondió a cada una. Sin embargo, en Jueces 8:27, vemos que al final de su vida hizo un efod que se convirtió en tropiezo para él y para todo Israel. Aquel que tanto buscó confirmación, terminó siendo instrumento de desviación. Esto revela que la acumulación de señales no forma un corazón firme si no hay una transformación profunda.

El problema no es que Dios confirme, sino cuando el hombre se acostumbra a depender de la confirmación más que de la obediencia. El corazón comienza a buscar experiencias en lugar de dirección, emociones en lugar de convicción. Entonces, cualquier voz que suene espiritual puede parecer válida, aun cuando contradiga lo que Dios ya dijo. Así es como se pierde el rumbo, no por falta de palabra, sino por exceso de confianza en las señales.

Por eso, las palabras de Jesucristo cobran tanto peso cuando dijo: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”. Aquí se revela una dimensión superior de la fe: la que no necesita ser constantemente alimentada por evidencias externas. Es la fe que descansa en la fidelidad de Dios, aun en silencio, aun sin señales visibles.

La enseñanza es clara: la confirmación debe conducirnos a una obediencia más firme, no a una dependencia mayor. Dios puede confirmar, pero su propósito es formar un corazón que crea aun cuando no vea. El que aprende esto, no será movido por cualquier voz, ni caerá en engaño, porque su fe no está apoyada en lo que recibe, sino en Aquel que habló.

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