"Ay, la vida"

 


La vida, aunque la sentimos tan real y cercana, la Biblia la describe como algo breve y pasajero. Muchas veces el ser humano se aferra a lo temporal como si fuera permanente, invirtiendo su corazón en cosas que inevitablemente desaparecerán. Sin embargo, la Palabra nos llama a mirar más allá de lo visible, entendiendo que nuestra existencia aquí es solo un momento dentro de la eternidad.

La Escritura lo expresa con claridad cuando dice: “Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.” (Santiago 4:14). Esta imagen de la neblina nos confronta, porque algo que parece estar ahí firme, en realidad se disipa rápidamente. Así es nuestra vida: frágil, corta y dependiente de Dios.

También el salmista afirma: “El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció.” (Salmos 103:15-16). Esta comparación nos muestra que, aunque haya momentos de belleza, fuerza o crecimiento, todo eso tiene un límite. Nada de lo humano permanece para siempre.

Por eso, aferrarnos a esta vida como si fuera lo único que existe puede llevarnos a perder el verdadero propósito. Las posesiones, los logros y aun las preocupaciones cotidianas pueden ocupar tanto espacio en el corazón que terminan desplazando lo eterno. Y ahí es donde el hombre se extravía, valorando más lo que pasa que lo que permanece.

En contraste, la Palabra de Dios sí es eterna. Mientras todo cambia, ella permanece firme. Lo que Dios ha dicho no se desvanece como la neblina ni se marchita como la hierba. Por eso, enfocar la vida en su Palabra es invertir en lo único que no se pierde, en lo único que trasciende el tiempo y la muerte.

La Biblia también nos advierte: “Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Juan 2:17). Aquí hay una dirección clara: no es solo reconocer que todo pasa, sino decidir vivir conforme a la voluntad de Dios. Esa es la única forma de permanecer cuando todo lo demás desaparezca.

Al final, la vida puede llegar a hastiar por su rutina, sus luchas y su desgaste constante. Pero en medio de esa realidad, el llamado no es a rendirse, sino a vivir con propósito. No perder el tiempo es clave, porque cada día cuenta. Como dice la Escritura, los días son malos, y por eso debemos aprovecharlos, enfocándonos en lo eterno y caminando conforme a la Palabra de Dios.

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