Qué discutirá Dios con él?



La Biblia dice en Salmos 138:6 que “al altivo lo mira de lejos”. Esta frase encierra una verdad profunda: Dios no entra en discusión con quien se levanta en soberbia. No porque no tenga argumentos, sino porque el corazón altivo no está dispuesto a oír. “Ciertamente él escarnece a los escarnecedores, y a los humildes da gracia” (Proverbios 3:34). El problema no es intelectual, es una actitud del alma que se cierra a la corrección y desprecia la autoridad de Dios.

Algo parecido vemos en la parábola del hijo pródigo. El padre no impidió que su hijo tomara la herencia, aunque sabía que no la había trabajado y que su origen era el esfuerzo de otro. “Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes” (Lucas 15:12). El padre no discutió con él, no lo forzó a quedarse. Permitió que su altivez siguiera su curso, porque el amor de Dios no obliga, pero tampoco negocia con la arrogancia.

Dios, que todo lo conoce, prevé el error que nace de la inexperiencia y del espíritu aventurero. Aun así, no se impone por la fuerza. Cuando el corazón se levanta cuestionando sus caminos y su autoridad, Dios guarda silencio y se aparta. Como dice también la Escritura: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). El altivo no encuentra respuesta, no porque Dios no quiera hablar, sino porque su actitud lo aleja.

Cuando la Biblia habla de altivez, no solo se refiere a palabras, sino a una postura interior. Es una mirada despectiva delante del Padre, una actitud de autosuficiencia que desprecia su dirección. Es el corazón que cree saber más que Dios. “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón” (Proverbios 16:5). No es solo un acto externo, es una disposición interna que rompe la comunión.

Esto contrasta totalmente con lo que Dios nos ha mostrado en Cristo. Filipenses 2:5-7 nos dice: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo”. Mientras el hombre se levanta en orgullo, Dios se humilló. Mientras el hombre exige, Dios se entregó.

Cristo dio el primer paso. Dejó su trono, nació en un pesebre, vivió como hombre, soportó las debilidades de sus discípulos y cargó con las limitaciones de nuestra humanidad. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Isaías 53:5). Y no solo vivió humildemente, sino que murió una muerte que no merecía: la cruz. Fue hecho maldición por nosotros (Gálatas 3:13), cumpliendo el propósito para el cual fue ungido.

Si Dios ya se acercó de esa manera, ¿qué discutirá con el altivo? Él no busca imponer su verdad a la fuerza, sino despertar una respuesta de confianza. Espera una mirada distinta: no altiva, sino humilde; no desafiante, sino rendida. Porque el mismo Dios que se humilló hasta lo sumo, ahora espera que nos acerquemos a Él con fe, reconociendo que todo lo que tenemos proviene de su gracia.

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