Qué te detiene?
La Biblia enseña que dentro del ser humano hay una lucha constante. En Romanos 7, el apóstol Pablo describe esa realidad con honestidad: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:19). Esta es la naturaleza pecaminosa, una inclinación interna que nos arrastra lejos de la voluntad de Dios aun cuando deseamos obedecerle. No se trata solo de actos externos, sino de una condición del corazón que necesita redención.
Esta verdad no es solo una doctrina, también se ve reflejada en hombres de fe. Pedro, uno de los discípulos más cercanos a Jesús, tuvo momentos de gran revelación espiritual, pero también de debilidad. Él mismo afirmó con convicción que nunca negaría al Señor, pero terminó fallando. Jesús le había advertido: “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces” (Mateo 26:34), y así ocurrió. Sin embargo, su caída no fue el final, sino parte de su proceso.
Pedro tuvo que ser tratado en su corazón. Su confianza en sí mismo fue confrontada, y su amor por Jesús fue restaurado. Después de la resurrección, Cristo le pregunta tres veces: “¿Me amas?” (Juan 21:15-17), no para humillarlo, sino para sanarlo. Este proceso demuestra que aun alguien con fe genuina puede estar influenciado por su naturaleza caída, pero Dios no desecha a quien se vuelve a Él.
Por otro lado, el centurión romano muestra otro ángulo de esta realidad. Era un hombre gentil, fuera del pacto de Israel, y probablemente formado en estructuras paganas. Sin embargo, cuando su siervo enfermó, buscó a Jesús con humildad. Él mismo reconoció su indignidad diciendo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará” (Mateo 8:8). Esta confesión revela un corazón consciente de su condición, pero lleno de fe.
Aunque no pertenecía al pueblo de Israel, este hombre no permitió que su contexto o su pasado le impidieran acercarse a Cristo. Su fe no ignoraba su realidad, sino que la reconocía y se rendía ante la autoridad de Jesús. Por eso, el Señor se maravilló y dijo: “De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Mateo 8:10). Su historia muestra que la naturaleza pecaminosa no es un obstáculo definitivo cuando hay un corazón que busca la verdad.
Estos dos ejemplos enseñan algo profundo: ni la debilidad de Pedro ni el trasfondo del centurión impidieron que ambos se acercaran a Jesús. La naturaleza pecaminosa, las fallas, o incluso las estructuras impías en las que una persona ha vivido, no son barreras para quien reconoce su necesidad de Dios. Como dice Romanos 7:24-25: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”.
Al final, ambos hombres fueron reconocidos por su fe. Pedro fue usado para declarar el fundamento de la fe cristiana cuando dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Y el centurión provocó que Jesús revelara que los gentiles también tendrían parte en el reino: “vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham… en el reino de los cielos” (Mateo 8:11). Esto confirma que Dios no busca perfección humana, sino corazones que, aun en su lucha, se rinden ante Él.

Comentarios
Publicar un comentario