"La esperanza que no defrauda"

Cuando Dios nos advierte sobre algo o establece límites, no lo hace porque haya perdido el control de la situación, sino porque conoce perfectamente el corazón humano y las consecuencias de nuestras decisiones. Desde el principio vemos esta realidad en el huerto del Edén, cuando Dios ordenó a Adán:

"Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás." (Génesis 2:17)

De igual manera ocurrió cuando Israel pidió tener un rey. Dios sabía los problemas que aquello podía traer, pero también permitió que el pueblo ejerciera su voluntad. A través de esa historia surgiría posteriormente la casa de David, una dinastía que preservaría en Judá el conocimiento del Dios verdadero y prepararía el camino para la venida del Mesías.

David fue un hombre con características espirituales admirables. No era perfecto, pero sí temeroso de Dios. Era adorador, tenía un corazón decidido y era leal con quienes le mostraban lealtad. Sin embargo, una de sus mayores virtudes fue aprender a esperar el tiempo de Dios.

Aunque había sido ungido como rey, David no tomó el trono por la fuerza. Tuvo oportunidades para matar a Saúl, quien lo perseguía injustamente, pero decidió respetar la autoridad que Dios había establecido.

Y dijo a sus hombres:

"Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová." (1 Samuel 24:6)

David entendió algo que muchos olvidan: las promesas de Dios no necesitan métodos pecaminosos para cumplirse. Si Dios prometió algo, también abrirá el camino para que suceda.

Su vida estuvo llena de pruebas. Huyó por desiertos, vivió como fugitivo, se refugió entre los filisteos y soportó años de incertidumbre. Sin embargo, cada dificultad estaba formando su carácter. Dios no solo estaba preparando un rey; estaba formando un hombre conforme a Su corazón.

Por eso la Escritura dice:

"He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero." (Hechos 13:22)

Muchas veces ocurre lo mismo con nosotros. Quizás llevas años sirviendo a Dios y todavía no ves cumplidas algunas promesas. Tal vez observas que otros avanzan más rápido o reciben oportunidades que tú no has tenido. Pero el tiempo de espera no significa abandono. Dios también usa los procesos largos para formar hombres y mujeres maduros.

Abraham vivió algo parecido. Cuando todo parecía imposible, siguió creyendo.

"El creyó en esperanza contra esperanza." (Romanos 4:18)

La fe verdadera no se demuestra cuando todo es fácil, sino cuando seguimos confiando aun cuando no vemos resultados inmediatos.

A veces Dios permite que tengamos menos ayuda, menos recursos o menos ejemplos humanos para que aprendamos a depender más de Él. Lo que parece una desventaja puede convertirse en una escuela de fortaleza espiritual.

En el Nuevo Testamento se nos muestra el honor especial asociado con la casa de David. Acerca de Cristo se dice:

"Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre." (Apocalipsis 3:7)

La historia de David nos enseña que Dios abre puertas en el momento correcto. Nadie puede cerrar lo que Él abre, y nadie puede abrir lo que Él ha decidido cerrar.

Por eso, cuando la situación se vuelve difícil, no debemos abandonar la esperanza. El mismo Dios que sostuvo a Abraham en la espera y a David en la persecución sigue obrando hoy.

Como dice la Escritura:

"Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado." (Romanos 5:5)

Si el camino es largo, sigue caminando. Si la promesa tarda, sigue creyendo. Si las puertas permanecen cerradas, sigue confiando. Dios no ha olvidado lo que habló. La esperanza puesta en Él jamás será una decepción.

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