La integridad.

 


La República Dominicana sufre cuando la corrupción se normaliza y la honestidad parece debilidad. Sin embargo, la Escritura enseña que la integridad personal tiene impacto colectivo: “La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34). El problema no es solo estructural, es moral.

Cuando el servidor público, el empresario o el ciudadano común justifican pequeñas faltas, abren puertas a males mayores. La Biblia advierte: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel” (Lucas 16:10). La transformación nacional comienza en la conciencia individual.

La solución bíblica no es solo castigo, sino conversión del corazón. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo 51:10). Sin renovación interior, no hay reforma duradera.

Como iglesia y como creyentes, estamos llamados a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” (Mateo 5:13–14). La sal preserva; la luz expone lo oculto. No podemos callar ante la injusticia.

Dios bendice la rectitud: “El justo camina en su integridad; sus hijos son dichosos después de él” (Proverbios 20:7). La integridad no solo honra a Dios, también protege generaciones.

Si queremos una mejor nación, necesitamos hombres y mujeres que teman a Dios más que a los hombres. Porque “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

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