"La palabra de su paciencia"
La vida cristiana no es un camino fácil ni cómodo. Mientras más empinada es la ruta que decidimos tomar con Dios, más cansancio y más luchas encontraremos en ciertos momentos. El mundo quiere resultados rápidos, placeres inmediatos y una vida sin esfuerzo, pero el Reino de Dios funciona de otra manera. Seguir a Cristo implica negarse a sí mismo, perseverar y aprender a caminar aunque todavía no hayamos llegado a la meta. Por eso muchos descansos del creyente pueden sentirse incompletos, porque el alma sabe que aún queda camino por recorrer.
La Biblia nos advierte claramente cuál es el espíritu del sistema de este mundo. En 1 Juan 2:15-17 se nos dice: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” El creyente debe recordar continuamente que el mundo ofrece satisfacción temporal, pero Dios ofrece vida eterna. Todo lo visible pasará, pero el que permanece en la voluntad de Dios permanecerá para siempre.
Dios no nos llamó solamente a asistir a una iglesia o a conocer ciertos versículos. Él nos llamó a parecernos más a Cristo. Esa meta es alta y exige crecimiento espiritual constante. Es como subir una montaña muy empinada donde cada paso demanda esfuerzo, paciencia y dependencia de Dios. Por eso Efesios 6:11 nos exhorta diciendo: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.” La armadura es espiritual y viene de Dios, pero nosotros debemos aprender a usarla mediante la oración, la obediencia y la comunión diaria con Él.
Muchas veces el creyente se desgasta porque mira demasiado lo que dejó atrás. La carne recuerda antiguos deseos, antiguas costumbres y caminos más fáciles. El cansancio espiritual puede hacer que una persona se sienta frustrada por no haber alcanzado todavía la meta que espera. En esos momentos debemos detenernos y volver a afirmar nuestro pacto con Dios. Allí es donde el creyente necesita fortalecerse en el Señor y recordar que ninguna batalla espiritual se gana lejos de Su presencia.
La paciencia se convierte entonces en una parte indispensable de la vida cristiana. Las grandes obras de Dios toman tiempo, y el carácter espiritual también se forma lentamente. La Biblia dice en Gálatas 6:9: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.” Muchas veces queremos ver resultados inmediatos, pero Dios trabaja profundamente y en silencio en el corazón de quienes perseveran. Cada oración, cada lucha y cada renuncia hecha por amor a Cristo tiene valor delante de Él.
Incluso el ladrón en la cruz entendió algo que muchos todavía no comprenden. Él no tuvo tiempo para hacer obras, pero sí tuvo humildad, arrepentimiento y fe para reconocer quién era Jesús. En Lucas 23:42-43 le dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” Aun en medio del dolor y de la muerte, aquel hombre hizo el esfuerzo de creer, humillarse y clamar a Cristo. Dios sigue respondiendo al corazón sincero que se acerca a Él con fe.
Hoy seguimos viviendo en un mundo cada vez más apartado de Dios, pero la esperanza de la Iglesia permanece viva. La Biblia muestra ejemplos como Enoc y Elías, quienes fueron llevados por Dios, y también contiene promesas para Su pueblo fiel. En Apocalipsis 3:10 el Señor dice: “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba.” Por eso, entregar el corazón a Cristo hoy es una decisión eterna. Aunque el camino sea difícil y empinado, el que permanece en Dios jamás será confundido con el sistema de un mundo que pronto pasará.

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