Cerrando ciclos!
El Salmo 90:12 nos lleva a reflexionar sobre algo muy importante:
“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.”
A simple vista podría parecer una petición sencilla, incluso curiosa. Sin embargo, encierra una llave capaz de evitarnos mucho sufrimiento y pérdida de tiempo.
Muchas veces vamos por la vida sabiendo lo básico, pero sin profundizar. Reaccionamos, pero no analizamos. Atendemos, pero no escuchamos. Vivimos cambiando de modo según las circunstancias, como un teléfono que adapta su funcionamiento a cada situación.
Con el tiempo aprendemos que todo lo que se hace debajo del cielo tiene su tiempo, como enseña Eclesiastés 3. Entendemos que cada momento demanda una actitud diferente. Hay tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de sembrar y tiempo de cosechar; tiempo de llorar y tiempo de reír.
Pero la sabiduría no consiste solamente en cambiar de actitud según la escena. También consiste en identificar quién es el principal foco de atención en ese momento y cómo podemos aportar de manera correcta. Debemos preguntarnos: ¿esto me corresponde?, ¿esto me edifica?, ¿esto ayuda a otros?, ¿qué espera Dios de mí en esta situación?
Cuando aprendemos a hacer estas preguntas evitamos mantener ciclos abiertos que consumen nuestra energía, nuestro tiempo y nuestra paz.
Al leer el Salmo 90, imagino al salmista aferrándose a las personas de confianza con quienes podía compartir sus experiencias. Sin embargo, por más ocupadas que estuvieran esas personas, Dios siempre estaba allí. Dios era su refugio, su compañía y su porción.
En el Salmo 73:26 el salmista declara:
“Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.”
Qué hermosa expresión. De todo lo que existe, la parte que verdaderamente le correspondía era Dios mismo.
Quizás alguien pregunte: ¿cómo puedo contarle a Dios todo lo que ocurre en mi día si ya estoy cansado?
La respuesta está en la misma Escritura. La Biblia nos enseña en 1 Tesalonicenses 5:17: “Orad sin cesar.” También nos exhorta a orar en todo tiempo (Efesios 6:18).
La oración no es solamente un momento específico del día. Es una vida de comunión continua con Dios. Podemos hablar con Él mientras caminamos, trabajamos, estudiamos o descansamos.
Además, Jesús nos dejó una promesa maravillosa:
“Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:20)
Por eso no somos huérfanos. Jesús mismo dijo a sus discípulos que no los dejaría solos (Juan 14:18). Aunque muchas personas hablan de los ángeles, Dios nos ha dado algo aún más grande: la presencia del Espíritu Santo.
Jesús enseñó que el Espíritu Santo nos recordaría todas las cosas y nos guiaría a toda la verdad (Juan 14:26; Juan 16:13). Él no es simplemente un mensajero de Dios; Él es Dios con nosotros.
Cuando vivimos en comunión constante con el Espíritu Santo, aprendemos a contar nuestros días correctamente. Él nos ayuda a comprender nuestras experiencias, a cerrar ciclos innecesarios, a corregir errores y a invertir nuestra vida en aquello que realmente tiene valor eterno.
Contar nuestros días no es simplemente llevar la cuenta del tiempo que pasa. Es aprender a caminar cada día con Dios para que cada experiencia produzca sabiduría en nuestro corazón.

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