El aguijón pelea por nosotros
Mientras que para algunos discutir significa involucrarse con ímpetu en la defensa de uno o varios puntos de algún asunto, para otras personas discutir es conversar o debatir ideas. La verdad es que mientras menos está uno convencido de algo, más tiene que ser impetuoso en sus declaraciones.
Claro, no quiero decir con esto que seamos apáticos al error que podemos corregir plantándonos firmes en una postura, sino que debemos revisarnos antes de discutir sobre un tema, para evitar que el hecho de que la pintura esté rayada en una parte del carro sea el motivo por el cual alguien termine pasando veinte años en la cárcel o incluso pierda la vida.
Yéndonos al ámbito bíblico podemos ver cómo Dios pasa de permitir y regular la violencia en determinados contextos históricos, aunque siempre manteniéndose por encima de los resultados humanos de ella. Esto ocurrió por la inmadurez espiritual del hombre y de las naciones en aquel tiempo. Más adelante, vemos cómo Moisés pierde la entrada a la tierra prometida por un exabrupto de ira (Números 20:10-12), y cómo David no recibe el privilegio de construir el templo porque había derramado mucha sangre (1 Crónicas 22:8).
Ya en el Nuevo Testamento, Cristo nos muestra un camino superior. Cuando Pedro cortó la oreja del siervo del sumo sacerdote durante el arresto de Jesús, el Señor la sanó y le dijo: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán» (Mateo 26:52). Asimismo, el apóstol Pablo exhorta: «No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal» (Romanos 12:21).
Tengo un pastor conservador que últimamente está publicando prédicas acerca del aguijón. Y yo aprovecho el concepto para preguntarte: ¿crees que un aguijón necesita que lo defiendan? ¿O se defiende solo? El pastor lo menciona hablando del pasaje del llamado del apóstol Pablo, donde el Señor le dice: «Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hechos 9:5).
El aguijón, por naturaleza, es aquello que hiere o que cose. Hiere al enemigo o cierra la herida del paciente. Si para nosotros la vida no tiene sentido y no la estamos viviendo de la mejor manera, el aguijón nos va a herir. Por el contrario, si queremos preservarla y sacarle provecho, el aguijón nos ayudará a cerrar nuestras heridas.
Pero el aguijón no necesita que lo defendamos; nosotros necesitamos que él nos defienda. La verdad de Dios no depende de nuestra fuerza para sostenerse. De hecho, el apóstol Pablo escribió: «El amor... no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad» (1 Corintios 13:6). Y también afirmó: «Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad» (2 Corintios 13:8).
Por eso, cuando la verdad es realmente la verdad, no necesita de nuestra ira, de nuestros gritos ni de nuestra violencia para prevalecer. La verdad tiene una fuerza propia dada por Dios. Nuestro papel no es pelear por ella como si estuviera indefensa, sino someternos a ella para que sea ella quien pelee por nosotros. Como dijo el Señor a Israel: «Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (Éxodo 14:14).
Al final, quien ama la verdad no siente la necesidad de imponerla por la fuerza. Confía en que, tarde o temprano, el aguijón hará su trabajo. Porque nadie puede hacer nada contra la verdad, sino a favor de ella; y cuando caminamos con ella, descubrimos que no somos nosotros quienes la defendemos, sino que es ella la que nos guarda, nos corrige y pelea por nosotros.

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