El que busca, haya!
En el tiempo de Jesús existían diversos grupos religiosos: fariseos, saduceos, esenios, zelotes y otros. Cada uno tenía una manera particular de entender las Escrituras y de relacionarse con Dios. Algunos enfatizaban la obediencia a la Ley, otros el culto del Templo, otros la pureza espiritual o la esperanza de la liberación de Israel. Sin embargo, Jesús no llamó a sus discípulos a seguir ciegamente a ninguno de esos grupos, sino a seguirle a Él.
Por eso resulta tan interesante lo que dijo acerca de los fariseos:
"Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen." (Mateo 23:3)
Con estas palabras, Jesús enseñó que la verdad no debe rechazarse simplemente porque quien la transmite sea imperfecto. Aun entre personas que cometen errores, puede haber enseñanzas valiosas que conduzcan a Dios. El creyente debe aprender a discernir, reteniendo lo bueno y rechazando aquello que contradice el carácter de Cristo.
También enseñó que las Escrituras apuntan hacia Él. Cuando discutía con los líderes religiosos, les dijo:
"Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí." (Juan 5:39)
Esto significa que la búsqueda sincera de la verdad no debe centrarse primero en defender una denominación, una tradición o un grupo, sino en conocer a Cristo. Las congregaciones, ministerios y corrientes teológicas pueden aportar perspectivas útiles, pero ninguna sustituye la necesidad de examinar personalmente la Palabra de Dios.
La parábola del trigo y la cizaña también nos recuerda que en este mundo convivirán personas sinceras con personas equivocadas, y aun creyentes maduros con creyentes inmaduros:
"Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega." (Mateo 13:30)
Dios permite esa realidad porque el ser humano posee la capacidad de elegir. En medio de opiniones distintas, doctrinas diferentes y experiencias diversas, cada persona debe aprender a buscar al Señor con humildad y perseverancia. Los desacuerdos y las pruebas pueden convertirse en oportunidades para fortalecer la fe y desarrollar discernimiento espiritual.
Por eso, cuando una persona descubre que estaba equivocada en alguna creencia o práctica, no debería sentir vergüenza. El objetivo nunca ha sido demostrar que somos infalibles, sino caminar cada día más cerca de Cristo. El propio Saulo de Tarso, quien perseguía a los cristianos convencido de que servía a Dios, cambió de rumbo cuando tuvo un encuentro con Jesús. Su primera reacción fue:
"Señor, ¿qué quieres que yo haga?" (Hechos 9:6)
Esa sigue siendo una de las preguntas más importantes para todo creyente. No se trata de aferrarnos por orgullo a un grupo, ni de rechazar automáticamente todo lo que enseñan quienes piensan distinto. Se trata de buscar la voluntad de Dios con un corazón dispuesto a aprender, corregirse y obedecer.
Quien busca sinceramente la verdad puede aprender algo de muchos lugares, pero debe examinarlo todo a la luz de las Escrituras y del ejemplo de Cristo. Al final, nuestra seguridad no está en pertenecer al grupo correcto, sino en seguir al Señor correcto. Y cuando el corazón permanece dispuesto a decir: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?", Dios tiene la capacidad de guiarnos hacia una comprensión cada vez más profunda de su verdad.

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