El gran aporte de Juan el Bautista al Evangelio de Cristo!
Las piedras que Dios puede convertir en hijos de Abraham: el testimonio de Juan el Bautista y el Evangelio del Nuevo Pacto
Como cristiano, considero que una de las figuras del Evangelio que merece mucha más atención es Juan el Bautista. Aunque su ministerio fue breve y terminó de una manera trágica, su importancia dentro de la revelación del Nuevo Pacto es extraordinaria. Jesucristo mismo le concedió un honor excepcional. Cuando habló de Juan, dijo que entre los nacidos de mujer no se había levantado otro mayor que él (Mateo 11:11; Lucas 7:28). Además, Jesús quiso ser bautizado por Juan, mostrando con ello la importancia que Dios había concedido a su ministerio. Sin embargo, fuera de algunos episodios conocidos, se habla relativamente poco de sus palabras y de la profundidad de su mensaje.
Juan no apareció simplemente como otro predicador judío que llamaba a la gente al arrepentimiento. Su misión fue preparar el camino para la manifestación del Mesías. Su mensaje colocaba a sus oyentes ante una verdad incómoda: no bastaba con pertenecer físicamente al pueblo de Abraham. La relación con Dios exigía arrepentimiento, fe y frutos que demostraran una transformación verdadera.
Esto aparece con especial fuerza cuando algunos fariseos y saduceos acudieron a su bautismo. Juan no los recibió apelando a sus privilegios religiosos, sino que les exigió una respuesta espiritual. Les advirtió que no confiaran en decir dentro de sí: «A Abraham tenemos por padre». Y entonces pronunció unas palabras extraordinarias:
«Y ya también el hacha está puesta á la raíz de los árboles: por tanto, todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Yo á la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; mas el que viene tras mí, más poderoso es que yo; los zapatos del cual yo no soy digno de llevar: él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»
Mateo 3:7-9, contexto ampliado en Mateo 3:10-11, Reina-Valera 1909.
El punto decisivo aparece precisamente en la declaración de Juan: Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras (Mateo 3:9). Esta afirmación tiene una enorme importancia para el mensaje del Nuevo Pacto. Juan estaba colocando una verdad fundamental delante de aquellos hombres: la descendencia física no podía utilizarse como una barrera para limitar la acción de Dios.
Esto tiene profundas implicaciones para la comprensión cristiana de Jesucristo. Una de las objeciones que se presentan contra la identidad mesiánica de Jesús consiste en señalar que José no fue su padre biológico y, por tanto, se cuestiona cómo puede Cristo ser descendiente de David, dado que José aparece en la genealogía de Mateo como descendiente de David. La cuestión merece ser estudiada seriamente y no debe resolverse mediante argumentos superficiales. El propio Evangelio afirma el nacimiento virginal de Jesús y, al mismo tiempo, presenta a José dentro de la línea davídica.
Pero aquí las palabras de Juan adquieren una fuerza teológica especial. Juan no enseña que Dios esté obligado a cumplir sus propósitos únicamente mediante la descendencia biológica. Por el contrario, afirma que Dios es soberano para levantar descendientes de Abraham incluso donde humanamente no se esperaría encontrarlos. Por eso, utilizar exclusivamente un argumento basado en la descendencia física para levantar una muralla contra Cristo significa pasar por alto una de las enseñanzas fundamentales que Juan estaba proclamando precisamente al preparar el camino del Mesías.
Esto no significa que la genealogía de Jesús carezca de importancia. Todo lo contrario. Mateo comienza su Evangelio identificando a Jesucristo como «hijo de David, hijo de Abraham» (Mateo 1:1), y posteriormente presenta la genealogía que conduce hasta José. Lucas también relaciona a Jesús con David y con la historia de Israel. El Nuevo Testamento, además, insiste repetidamente en la identidad mesiánica de Jesús como descendiente de David. Pablo, por ejemplo, habla del Evangelio concerniente al Hijo de Dios, «que era del linaje de David según la carne» (Romanos 1:3).
Sin embargo, el nacimiento virginal introduce una realidad que no puede ser reducida a los mecanismos ordinarios de una genealogía paterna. José no engendró biológicamente a Jesús, pero el Evangelio tampoco presenta a Jesús como un personaje desconectado de la casa de David. José pertenece a la línea davídica y recibe legalmente al niño como su hijo, dándole además el nombre que Dios había determinado. Mateo muestra que José desempeñó un papel fundamental dentro de la incorporación legal de Jesús a su familia.
Por otra parte, no debemos afirmar como si fuera una declaración explícita del texto bíblico algo que el texto no dice directamente. Existe una antigua interpretación cristiana según la cual la genealogía de Lucas representa la línea de María y la de Mateo la de José, pero el Evangelio de Lucas no dice literalmente: «esta es la genealogía de María». Por ello, es más prudente distinguir entre lo que el texto afirma expresamente y las interpretaciones tradicionales que se han desarrollado posteriormente.
Y aquí volvemos a Juan el Bautista. Su mensaje nos ayuda a no convertir una cuestión genealógica en un obstáculo absoluto para reconocer a Cristo. Juan estaba anunciando que el Mesías venía y que la llegada de ese Reino produciría una ruptura con la confianza meramente carnal. La pregunta ya no podía ser simplemente: «¿Quiénes son tus antepasados?». La pregunta era: «¿Has recibido al que Dios ha enviado? ¿Has producido frutos dignos de arrepentimiento?».
Esta enseñanza alcanza su plenitud en el Nuevo Pacto. El Evangelio no elimina las promesas hechas a Abraham; las lleva a su cumplimiento en Cristo. La descendencia de Abraham adquiere una dimensión que trasciende la simple genealogía. Pablo llegará a explicar que quienes son de Cristo son descendencia de Abraham y herederos conforme a la promesa (Gálatas 3:29). De esta manera, aquella frase aparentemente provocadora de Juan —que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de las piedras— anticipa una de las grandes verdades del Evangelio: Dios está formando un pueblo cuya pertenencia a sus promesas no puede reducirse a la sangre, la etnia o el linaje humano.
Por eso, Juan el Bautista ocupa un lugar extraordinario en la historia de la salvación. Él fue el hombre que señaló directamente hacia Cristo y que, al mismo tiempo, desmontó la falsa seguridad religiosa de quienes pensaban que su descendencia física les garantizaba una posición delante de Dios. Su mensaje no era contra Abraham ni contra las promesas hechas a Israel. Era contra la utilización de Abraham como argumento para rechazar el arrepentimiento y resistirse a la obra de Dios.
Para el cristiano, entonces, las palabras de Juan deberían producir humildad y confianza. Humildad, porque nadie puede reclamar a Dios derechos basados exclusivamente en su origen humano. Y confianza, porque el Dios que puede levantar hijos de Abraham aun de las piedras también puede cumplir sus promesas de maneras que superan nuestras expectativas.
Para el no cristiano, especialmente para quien contempla a Jesús desde una perspectiva de incredulidad, el mensaje de Juan merece ser considerado antes de levantar cualquier objeción definitiva. La cuestión de la genealogía de Jesús debe estudiarse con rigor histórico y textual, pero no debe separarse del conjunto del testimonio evangélico. Juan no vino a presentar una genealogía de Cristo; vino a preparar a Israel para recibirlo. Y precisamente al hacerlo declaró que Dios no está limitado por las categorías humanas de descendencia y privilegio.
El hombre que bautizó a Jesús sabía quién era el que estaba delante de él. Por eso, aunque Juan ocupó una posición extraordinaria, nunca se colocó en el centro. Su misión consistió en señalar hacia otro: hacia aquel que venía después de él, pero que era mayor que él; aquel de quien Juan dijo que no era digno siquiera de desatar sus sandalias. Su grandeza estuvo precisamente en desaparecer detrás de Cristo.
Por eso, las palabras de Juan el Bautista siguen siendo fundamentales para el Evangelio del Nuevo Pacto. «Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras» no es una frase secundaria ni una simple reprimenda dirigida a algunos religiosos del primer siglo. Es una declaración acerca de la libertad soberana de Dios, acerca del verdadero significado de pertenecer a su pueblo y acerca de la insuficiencia de cualquier confianza humana que pretenda sustituir la fe y el arrepentimiento.
Juan preparó el camino de Cristo derribando una de las primeras murallas que podían impedir que los hombres lo recibieran: la confianza en la carne. Y esa enseñanza sigue vigente. Ningún argumento basado exclusivamente en la sangre, el linaje, la tradición religiosa o el privilegio humano puede ser colocado por encima del testimonio de Dios acerca de su Hijo. El Evangelio llama al ser humano a mirar más allá de sus propias categorías y reconocer a aquel hacia quien Juan dirigió toda su vida y todo su ministerio: Jesucristo, el Mesías, el Hijo de Dios.

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