Hay poder en la comunión con El Santo!

 

"La solución está a la distancia de la oración"

La escena narrada en Marcos 4:35-41 constituye una de las imágenes más profundas de los Evangelios acerca de la fe en medio de las circunstancias adversas. Jesús y sus discípulos se encuentran atravesando el mar de Galilea cuando se levanta una gran tempestad. Mientras las aguas golpean la barca y los discípulos comienzan a temer por sus vidas, Jesús está en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Aquellos hombres, experimentados algunos de ellos en la navegación, interpretan la situación desde el miedo y despiertan al Maestro con una pregunta que revela su angustia: «Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?» (Marcos 4:38). Sin embargo, el relato no presenta a Jesús como un hombre indiferente ante el peligro, sino como el Señor que, aun cuando parece guardar silencio, continúa teniendo autoridad sobre aquello que amenaza a los suyos.

La Escritura afirma en el Salmo 121:4: «He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel». Esta declaración permite comprender una verdad fundamental: el descanso físico de Jesús durante la travesía no significa que Dios haya abandonado a sus discípulos. Cristo dormía porque verdaderamente había asumido la condición humana y estaba cansado, pero su aparente inactividad no representaba ausencia de poder ni falta de cuidado. El problema estaba en la percepción de los discípulos. Para ellos, mientras Jesús dormía, la tormenta parecía haber quedado bajo el control de las circunstancias. Para el lector del Evangelio, en cambio, la historia demuestra precisamente lo contrario: aun cuando Cristo parece estar dormido, la tormenta nunca está fuera de su autoridad.

Por eso, decir que es un error «dejar dormir a Jesucristo» durante nuestra jornada debe entenderse como una exhortación espiritual, no como una acusación contra el Jesús histórico que descansaba después de una jornada agotadora. El error consiste en vivir como si Cristo no estuviera presente, relegando su palabra, su voluntad y su señorío mientras permitimos que las circunstancias gobiernen nuestra mente y nuestro corazón. Cuando dejamos de permanecer despiertos espiritualmente con Él, comenzamos a interpretar cada dificultad como si estuviéramos solos en la barca. Entonces un problema que debería ser enfrentado mediante la fe puede convertirse, por causa de nuestras preocupaciones, en una tormenta interior mucho mayor que la circunstancia exterior.

Esta enseñanza encuentra una relación particularmente profunda con las palabras de Jesús en Mateo 6. Allí el Señor advierte repetidamente contra la ansiedad y la preocupación por la vida: qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos. Cristo no está enseñando irresponsabilidad ni pasividad; está enseñando a no permitir que las necesidades legítimas de la existencia se conviertan en el centro absoluto de nuestra confianza. «No os afanéis por vuestra vida», enseña Jesús (Mateo 6:25), porque el Padre conoce nuestras necesidades. El problema no es solamente lo que ocurre alrededor de nosotros, sino lo que permitimos que esas circunstancias produzcan dentro de nosotros.

Las preocupaciones producen ruido interior. Una persona puede encontrarse físicamente en un lugar tranquilo y, sin embargo, experimentar dentro de sí una verdadera tempestad. Los pensamientos se suceden, el temor anticipa desgracias, las posibilidades negativas ocupan la imaginación y la persona termina ahogándose en aquello que, visto desde otra perspectiva, puede ser solamente «un vaso de agua». La expresión puede parecer exagerada, pero describe una experiencia humana frecuente: magnificamos las circunstancias porque hemos dejado de mirar a Cristo. Los discípulos vieron las olas; Jesús veía la realidad desde la confianza en el Padre. Ellos preguntaron: «¿No tienes cuidado que perecemos?»; Jesús respondió primero dominando la tormenta y después confrontando la falta de fe.

Aquí aparece también la conexión con aquella otra exhortación de Jesús a sus discípulos: «Velad y orad» (Mateo 26:41). En Getsemaní, Jesús encontró a sus discípulos durmiendo cuando les había pedido que permanecieran despiertos con Él. «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?», les preguntó (Mateo 26:40). La comparación resulta espiritualmente poderosa. En el mar de Galilea, los discípulos estaban despiertos físicamente, pero dominados por el temor; en Getsemaní estaban físicamente dormidos cuando debían acompañar al Maestro en oración. En ambos episodios aparece una misma necesidad: aprender a permanecer con Cristo en medio de la prueba, en lugar de permitir que las circunstancias gobiernen nuestra conciencia.

Permanecer despiertos con Cristo significa cultivar una vida consciente de su presencia. Significa orar antes de que la preocupación se transforme en desesperación, acudir a la Palabra antes de construir escenarios de derrota y recordar sus promesas antes de permitir que el miedo interprete nuestra realidad. No significa que el creyente nunca tendrá problemas, ni que toda tormenta desaparecerá inmediatamente. Significa que la tormenta no tendrá que convertirse necesariamente en una tormenta dentro del corazón. El discípulo aprende progresivamente a decir: Cristo está en mi barca, aunque ahora no comprenda lo que está sucediendo.

Finalmente, esta perspectiva nos conduce nuevamente a Mateo 6 y a una de las invitaciones más hermosas de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11:28). El descanso cristiano no consiste en abandonar nuestras responsabilidades ni en esperar pasivamente que Dios resuelva todo mientras nosotros no hacemos nada. Consiste en dejar de cargar aquello que corresponde entregar a Dios y aprender de Cristo. Por eso continúa diciendo: «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí» (Mateo 11:29). Su yugo es «fácil» y su carga «ligera» (Mateo 11:30), no porque la vida carezca de tormentas, sino porque el discípulo ya no tiene que atravesarlas como alguien que está solo.

Marcos 4:35-41 nos recuerda, entonces, que el verdadero peligro no siempre es la tormenta que golpea la barca, sino la pérdida de perspectiva que ocurre cuando dejamos de mirar a Cristo. El Señor puede parecer silencioso, pero no está ausente; puede estar descansando físicamente, pero nunca ha perdido el dominio de la situación. «No se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel» (Salmo 121:4). Nuestra tarea, por tanto, no es despertar a un Cristo indiferente, sino despertar nosotros a la realidad de su presencia. Debemos permanecer con Él, velar y orar, aprender su camino y confiar en su cuidado. Porque cuando Cristo ocupa nuevamente el centro de nuestra atención, descubrimos que muchas de las aguas que nos estaban ahogando nunca tuvieron autoridad para destruirnos.

Addis Vergez 
"El buey que trilla"


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