Josué y el valor del consejo oportuno de Dios!

 

Josué: el valor de un líder respaldado por Dios

La sucesión de Moisés representaba uno de los momentos más delicados de la historia del pueblo de Israel. Josué no estaba recibiendo simplemente una posición de autoridad; estaba siendo llamado a conducir a una nación que había atravesado décadas de dificultades, desobediencia, temor y frustración. Humanamente hablando, tenía suficientes razones para comprender que aquella responsabilidad sería difícil. Había sido testigo de la incredulidad del pueblo, de las consecuencias de sus decisiones y de las dificultades que incluso los grandes líderes que le precedieron habían experimentado. Sin embargo, precisamente en ese contexto Dios le entrega un consejo que constituye uno de los principios más poderosos para todo aquel que ha sido llamado a una responsabilidad espiritual: la capacidad para cumplir el llamado de Dios no depende exclusivamente de las experiencias humanas del líder, sino del respaldo de Aquel que lo llama.

Josué había vivido de cerca uno de los episodios más determinantes de la historia de Israel: el envío de los doce espías a reconocer la tierra prometida. Números 13 presenta a los representantes de las doce tribus entrando en Canaán para observar la tierra que Dios había prometido entregarles. Diez de ellos regresaron destacando las dificultades, la fortaleza de sus habitantes y el tamaño de las ciudades. Aunque reconocieron que la tierra era buena, su informe estuvo dominado por el temor. Solamente Josué y Caleb mantuvieron una perspectiva de fe. Ellos entendieron que las dificultades existentes en la tierra no anulaban la promesa de Dios.

La reacción del pueblo fue todavía más preocupante. En Números 14, los israelitas llegaron al extremo de desear regresar a Egipto y cuestionar el propósito por el cual Dios los había sacado de allí. Josué había visto, por tanto, que una comunidad puede conocer las obras de Dios y, aun así, responder con temor cuando llega el momento de avanzar. También había comprobado que un líder puede proclamar la voluntad de Dios y encontrarse con una multitud que no necesariamente comparte su convicción. Aquella experiencia formaba parte de su historia personal y, naturalmente, podía convertirse en un parámetro humano para anticipar las dificultades de su futuro liderazgo.

Además, Josué conocía las consecuencias que la conducta del pueblo había producido incluso sobre sus dirigentes. Moisés, el gran libertador y mediador de Israel, había soportado repetidas rebeliones, murmuraciones y cuestionamientos. Aarón tampoco estuvo exento de las presiones de la comunidad. La historia de Israel demostraba que dirigir al pueblo de Dios no significaba estar libre de conflictos, oposición o frustraciones. Por el contrario, Josué estaba a punto de asumir una tarea en la que tendría que conducir a una generación que había aprendido, mediante la disciplina del desierto, que la incredulidad tenía consecuencias. Su experiencia previa podía darle prudencia, pero también podía hacerle consciente de lo difícil que sería la misión.

Es precisamente en este escenario donde adquieren especial importancia las palabras de Dios: “Esfuérzate y sé muy valiente” (Josué 1:6). No parece una exhortación casual. Dios sabía quién era Josué, conocía su experiencia y conocía también la realidad del pueblo que iba a dirigir. Por eso, el mandato de ser valiente no significa que Josué tuviera que negar sus temores o desconocer las dificultades. Significa que no debía permitir que aquellas experiencias determinaran los límites de su obediencia.

La expresión vuelve a aparecer con especial fuerza en Josué 1:9: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas”. Aquí aparece la razón fundamental de la valentía de Josué. Dios no le dice simplemente: “sé valiente porque eres fuerte”, ni fundamenta su misión en las capacidades naturales que ya había demostrado. La base de su seguridad era mucho mayor: “Jehová tu Dios estará contigo”. La presencia de Dios constituía la diferencia entre enfrentar la misión desde los parámetros humanos y enfrentarla desde la confianza en el Dios que había hecho el llamado.

Esta distinción es fundamental. Josué sí necesitaba experiencia, disciplina, capacidad de liderazgo y conocimiento de la realidad del pueblo. Dios no le pidió que abandonara todo lo aprendido. Al contrario, le ordenó guardar y practicar la ley recibida por medio de Moisés (Josué 1:7-8). Pero Dios tampoco permitió que la experiencia pasada se convirtiera en el límite de lo que Josué podía esperar de su futuro. Había visto al pueblo fracasar, pero eso no significaba que él estuviera destinado a fracasar. Había visto a Moisés soportar enormes dificultades, pero eso no significaba que Dios hubiera dejado de gobernar la historia. Había conocido la debilidad humana, pero ahora debía aprender a confiar en la fidelidad divina.

Por eso, el mensaje de Dios a Josué puede entenderse como una invitación a mirar más allá de los parámetros humanos. El nuevo líder tenía antecedentes, experiencias y razones legítimas para comprender la complejidad de su misión; pero ninguna de esas cosas debía ocupar el lugar que correspondía a la promesa de Dios. El llamado divino llevaba consigo el respaldo divino. Dios no estaba prometiendo a Josué una conducción sin dificultades; estaba prometiendo algo mucho más importante: su presencia en medio de ellas.

Desde esta perspectiva, la valentía bíblica no consiste en la ausencia de temor, sino en la decisión de obedecer a Dios a pesar de aquello que podría producir temor. Josué había visto lo que sucedió cuando Israel permitió que las dificultades de Canaán fueran mayores que la promesa de Dios. Ahora debía demostrar que un líder puede reconocer los obstáculos sin convertirlos en una razón para abandonar el propósito divino. Su tarea sería avanzar no porque los enemigos fueran débiles, sino porque Dios había hablado.

Hay, entonces, una enseñanza particularmente profunda en la transición entre Moisés y Josué. Dios no escogió a un hombre que desconociera las dificultades del liderazgo. Escogió a alguien que las había observado de cerca y que había demostrado fe precisamente cuando otros tuvieron miedo. Su experiencia con el pueblo no era un impedimento para el llamado; podía convertirse en parte de la preparación para cumplirlo. Sin embargo, Dios tuvo que llevar a Josué más allá de esa experiencia, recordándole que el futuro no debía ser interpretado únicamente a partir de los fracasos del pasado.

El principio permanece vigente para la vida espiritual: cuando Dios llama, también proporciona lo necesario para responder al llamado. Esto no significa que toda persona que afirma tener un llamado estará exenta de equivocaciones o dificultades. Significa que la responsabilidad recibida de Dios debe ser asumida desde la dependencia de Dios. Josué tenía que esforzarse, tenía que ser valiente, tenía que obedecer y tenía que conducir al pueblo; pero el fundamento de todo ello era la presencia del Señor.

Así, Josué 1:6 y 1:9 adquieren su verdadera dimensión cuando se leen a la luz de Números 13–14. El hombre que ahora recibe la orden de avanzar era el mismo que había visto a una generación retroceder ante la tierra prometida. Había conocido la incredulidad colectiva y había presenciado las consecuencias que esta podía producir sobre los líderes. Sin embargo, Dios le estaba diciendo, en esencia, que no debía construir su futuro sobre el temor generado por el pasado. Debía ir más allá de sus propios parámetros humanos porque su misión no descansaba solamente sobre sus capacidades, sino sobre la fidelidad del Dios que lo había llamado.

La historia de Josué enseña finalmente que el verdadero fundamento de un liderazgo conforme a Dios no es la ausencia de dificultades, sino la certeza de que Dios permanece presente. Josué debía ser fuerte y valiente porque Dios estaría con él; debía obedecer porque Dios había establecido el camino; y debía avanzar porque la promesa divina era mayor que los obstáculos que tenía delante. El llamado podía ser grande, pero el Dios que respaldaba el llamado era infinitamente mayor.

Por eso, la exhortación dirigida a Josué puede resumirse en una verdad esencial: Dios no le pidió que fuera valiente porque las circunstancias fueran fáciles, sino porque Él estaría con él en medio de circunstancias difíciles. Josué había visto suficientemente la debilidad humana; ahora necesitaba aprender a vivir desde la fortaleza de la presencia divina. Y allí se encuentra el corazón del consejo de Dios: quien es llamado por Él no debe quedar paralizado por lo que ha visto, sino avanzar confiando en Aquel que lo envía.


Addis Vergez 
"El buey que trilla"


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