Y tú, hiciste ya tú agosto?

 

Hacer nuestro agosto en la presencia de Dios

Hay expresiones populares que, aunque nacieron en circunstancias muy diferentes a las nuestras, pueden ayudarnos a comprender verdades profundas. Una de ellas es «hacer su agosto», una frase de origen español que tradicionalmente se relaciona con la época de la cosecha. Para el agricultor, agosto podía representar el momento de recoger aquello por lo que había trabajado durante meses. Había preparado la tierra, sembrado, cuidado sus cultivos y esperado pacientemente. Cuando finalmente llegaba la cosecha, podía decirse que había «hecho su agosto»: había llegado el momento de disfrutar el fruto de tanto esfuerzo.

Con el tiempo, la expresión también pasó al mundo del comercio. Quien «hacía su agosto» era quien encontraba una ocasión especialmente favorable para obtener buenas ganancias. Detrás de ese resultado, sin embargo, normalmente había inversión, trabajo, sacrificios y paciencia. El agricultor había invertido en semillas, herramientas y tiempo; el comerciante había invertido dinero, mercancías y esfuerzo. Por eso, hacer su agosto no era simplemente recibir algo de manera inesperada. Era experimentar la satisfacción de ver convertido en fruto aquello en lo que se había invertido tanto.

El Salmo 84 nos permite contemplar una realidad semejante, pero infinitamente más profunda. El salmista expresa un deseo intenso por encontrarse con Dios: «¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!» (Salmo 84:1). Su corazón no parece satisfecho simplemente con saber que Dios existe o con escuchar hablar de Él desde lejos. Quiere estar cerca. Quiere llegar al lugar donde se manifiesta su presencia. Por eso llega a decir: «Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová» (Salmo 84:2).

Hay algo particularmente hermoso en que el salmista no diga solamente que desea entrar en la casa de Dios, sino que llegue a considerar bienaventurados incluso a quienes habitan allí. Y todavía más conmovedoras son sus palabras: «Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos» (Salmo 84:10). Para un creyente que encuentra en Dios su mayor placer, esa afirmación no es exagerada. Un solo día cerca del Padre puede tener más valor que mil días disfrutando de todo lo que el mundo puede ofrecer lejos de Él.

En este sentido, podríamos decir que para el creyente la presencia de Dios es su verdadero «agosto». No porque vaya allí buscando una ganancia material, sino porque llega al lugar donde encuentra el fruto más precioso de todo lo que ha vivido: la comunión con su Padre. El agricultor esperaba meses para ver la cosecha; el comerciante esperaba el momento en que su inversión comenzara a producir. El creyente, en cambio, puede atravesar días de lucha, incertidumbre, oración, espera y perseverancia, pero cuando finalmente entra en la presencia de Dios descubre que nada de aquello fue inútil.

Y existe una diferencia todavía más hermosa. El agricultor se alegra porque ve el resultado de lo que sembró. El comerciante se alegra porque contempla el resultado de lo que invirtió. Pero el creyente se alegra porque se encuentra con alguien que no es simplemente el dador de una recompensa: se encuentra con su Padre. Es un encuentro con quien le dio la vida, con quien conoce su historia completa y con quien ha estado presente incluso en aquellos capítulos que nadie más conoce.

Por eso, la imagen de la casa de Dios adquiere una dimensión familiar. Allí no solamente está el Padre; también están los hermanos. Son personas que han recibido la misma Palabra, que han abrazado la misma esperanza y que participan de las mismas promesas. En medio de ellos existen palabras de ánimo que muchas veces llegan justamente cuando el corazón está cansado. Un hermano puede recordarle al otro lo que Dios ha prometido. Puede levantarlo cuando está débil y ayudarlo a recordar que todavía hay esperanza.

Eso explica por qué el Salmo 84 tiene un tono tan profundamente afectivo. El salmista no parece estar buscando solamente un lugar religioso al cual asistir. Está buscando un hogar espiritual. Está buscando la cercanía de Dios y la comunión con aquellos que también le pertenecen. Por eso puede contemplar hasta a los pájaros que encuentran un lugar junto a los altares de Dios y hablar de ellos con admiración (Salmo 84:3). El pensamiento parece ser: hasta las criaturas encuentran un lugar donde descansar cerca de Dios; ¡cuánto más puede desearlo el corazón humano!

«Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos» (Salmo 84:5). Aquí aparece otra clave. La verdadera bendición no consiste solamente en llegar al templo, sino en llevar a Dios dentro del corazón durante el camino. El creyente puede atravesar un «valle de lágrimas», pero ese valle puede transformarse en fuente (Salmo 84:6). El camino hacia Dios puede estar lleno de dificultades, pero la presencia del Padre convierte incluso el sufrimiento en una experiencia en la que Él puede fortalecer y formar a sus hijos.

Por eso, cuando un creyente llega finalmente a la presencia de Dios después de haber atravesado una semana difícil, una temporada de espera o incluso una etapa entera de su vida, puede experimentar algo parecido a lo que sentía aquel agricultor cuando veía su cosecha o aquel comerciante cuando contemplaba el resultado de su inversión. No porque haya comprado la bendición de Dios con sus esfuerzos, sino porque descubre que valió la pena permanecer cerca de Él. La recompensa no es solamente lo que Dios da; la recompensa es Dios mismo.

Tal vez por eso una de las frases más poderosas del salmo sea precisamente aquella que afirma que es mejor un día en los atrios de Jehová que mil fuera de ellos. Para quien ha descubierto el valor de la presencia de Dios, no existe comparación posible. El mundo puede ofrecer mil días de entretenimiento, éxito, reconocimiento, dinero o placeres; pero ninguno puede sustituir un encuentro verdadero con el Padre.

«Hacer su agosto», entonces, puede servirnos como una sencilla imagen para comprender algo espiritual: hay momentos en que una persona recoge el fruto de aquello que durante mucho tiempo esperó. Pero para el creyente existe un «agosto» mucho más grande: ese momento en que puede detenerse delante de Dios, levantar los ojos y recordar que está en casa. Allí puede escuchar nuevamente la Palabra del Padre, recibir ánimo de sus hermanos, recordar las promesas y comprender que la historia que está viviendo no comenzó con sus problemas ni terminará con ellos.

El agricultor hace su agosto cuando recoge el fruto de su trabajo. El comerciante lo hace cuando obtiene el resultado esperado de su inversión. Pero el creyente encuentra su mayor tesoro cuando puede decir: «Estoy cerca de mi Padre». Y entonces entiende que no hay mayor cosecha que esa, ni inversión más valiosa que una vida entregada a Dios, ni ganancia comparable con la alegría de habitar en su presencia.

Porque, al final, el verdadero deseo del corazón que ama a Dios no es simplemente recibir algo de sus manos. Es estar cerca de Él. Es conocerlo, adorarlo, escuchar su voz y caminar junto a sus hijos. Es poder decir con la convicción del salmista: «Jehová Dios de los ejércitos, oye mi oración» (Salmo 84:8).

Para un creyente que ha encontrado en Dios su placer más profundo, ese encuentro con el Padre es mucho más que «hacer su agosto». Es llegar al lugar donde el alma descubre que ha encontrado su verdadera casa.

Addis Vergez Javier 
"El Buey Que Trilla"


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