"Perseverando en Dios con los pensamientos"

 Cuidando el corazón!

La Biblia enseña que el mayor peligro del ser humano no siempre está fuera de él, sino dentro de su propio corazón. El profeta Jeremías declaró: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Cuando el corazón no permanece sujeto a Dios, puede albergar pensamientos, heridas y deseos que con el tiempo producen frutos amargos. Por eso el creyente necesita velar continuamente, pues las semillas que se siembran en el alma determinan las decisiones del mañana.

Jesús explicó esta realidad en la parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13:24-30). Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero mientras los hombres dormían, vino el enemigo y sembró cizaña. Así también ocurre en la vida espiritual: Dios siembra verdad, fe y esperanza, pero el adversario intenta sembrar dudas, resentimientos, inconformidad y pensamientos contrarios a la voluntad divina. Si estas semillas no son identificadas y arrancadas a tiempo, pueden crecer silenciosamente en el corazón.

La vida del rey David ilustra esta verdad. David fue ungido por Dios para ser rey siendo muy joven, pero tuvo que esperar muchos años para ver cumplida la promesa. Durante ese tiempo sufrió persecución, injusticias y largos días de huida por causa de Saúl. Aunque Dios estaba con él, aquellas experiencias pudieron dejar en su interior pensamientos de cansancio, frustración o una sensación de que los tiempos de Dios avanzaban demasiado lentamente.

La Escritura relata que, cuando los reyes salían a la guerra, David permaneció en Jerusalén (2 Samuel 11:1). Aquel detalle aparentemente pequeño abrió la puerta a una gran caída. Desde el palacio observó a Betsabé y cedió a la tentación. El hombre que había vencido gigantes y ejércitos fue derrotado por deseos que crecieron en un momento de descuido espiritual.

Es posible pensar que, detrás de aquella caída, existían pensamientos que habían sido cultivados durante años: el recuerdo de las injusticias sufridas, el cansancio de las luchas y quizá una insatisfacción interior con los procesos de Dios. El corazón humano tiene la capacidad de disfrazar la rebeldía como una aparente inconformidad con las circunstancias. Cuando el creyente deja de vigilar su interior, puede comenzar a justificarse a sí mismo y a buscar aquello que Dios no le ha concedido.

En contraste aparece la vida de José, hijo de Jacob. José también sufrió profundas injusticias. Fue traicionado por sus hermanos, vendido como esclavo, separado de su padre y encarcelado injustamente. Humanamente, tenía razones para endurecer su corazón o para pensar que Dios se había olvidado de él. Sin embargo, cada prueba fortaleció más su confianza en el Señor.

Cuando la esposa de Potifar intentó seducirlo, José respondió: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9). José no miró solamente la tentación; miró primero a Dios. Su corazón estaba anclado en la fidelidad divina y, por eso, pudo resistir. Las heridas no se convirtieron en amargura, ni las injusticias sembraron rebeldía en su alma.

La diferencia entre David y José no estaba en la intensidad de las pruebas, sino en la manera en que cada uno cuidó su corazón. David, en aquel momento de su vida, bajó la guardia espiritual; José permaneció vigilante. Uno permitió que una semilla peligrosa encontrara terreno; el otro mantuvo el campo de su alma bajo el gobierno de Dios.

Por eso Jesús dijo: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:41). El creyente no debe confiar en sus propias fuerzas, ni pensar que está por encima de las tentaciones. La vigilancia espiritual consiste en examinar continuamente lo que entra al corazón, los pensamientos que se repiten y las emociones que se alimentan.

El corazón suele inclinarse hacia aquello para lo cual está menos preparado. Si una persona alimenta resentimientos, la tentación encontrará un camino. Si cultiva orgullo, el enemigo encontrará una puerta. Pero si llena su interior con la Palabra de Dios, la oración y la comunión con el Señor, hallará fortaleza para resistir.

La historia de David enseña que nadie está exento de caer; la historia de José demuestra que nadie está obligado a caer. Todo depende de quién gobierna el corazón. Las promesas de Dios no se cumplen adelantando los tiempos ni tomando atajos, sino esperando en Él con fe y obediencia.

El creyente debe recordar que el enemigo continúa sembrando cizaña en el campo del alma. Por eso es necesario examinar nuestros pensamientos, perdonar las heridas, renunciar a la amargura y permanecer cerca del Señor. Solo un corazón anclado en Dios puede discernir las semillas extrañas y rechazar aquello que aparta de la verdad.

En conclusión, el corazón humano es engañoso cuando se aparta de Dios, pero puede ser guardado por la gracia divina cuando permanece en comunión con Él. David y José representan dos caminos posibles frente a las pruebas: permitir que las heridas se conviertan en tropiezo o dejar que las pruebas fortalezcan la fe. Cada día el creyente decide qué semillas permitirá crecer en su interior, sabiendo que solo quien vela y ora permanecerá firme en medio de la tentación.

Addis Vergez Javier 
"El Buey Que Trilla"


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