El cascarón debe ser roto desde dentro!
El cascarón debe romperse desde adentro, cuando el polluelo ha completado su proceso de formación. Si alguien lo rompe antes de tiempo desde afuera, puede dañar la vida que aún no está lista para salir. De manera similar obra Dios con el ser humano. Jesús no impuso enseñanzas profundas a sus discípulos antes de tiempo; esperó el momento en que ellos mismos sintieran la necesidad de aprender. Por eso, en Lucas 11:1, fueron los discípulos quienes le dijeron: “Señor, enséñanos a orar”.
Hay procesos espirituales que no pueden acelerarse. Dios permite situaciones, experiencias y pruebas para formar el corazón del creyente, hasta que nace un deseo genuino de buscarle más profundamente. Cuando ese momento llega, el alma deja de conformarse con oraciones vacías y empieza a anhelar una verdadera comunión con Dios.
Es interesante observar cómo Jesús enseña a orar. Antes de enseñar a pedir, enseña a reconocer a Dios, honrar su nombre y desear que su voluntad se cumpla. El Padre Nuestro comienza con adoración, gratitud y rendición. Esto revela que la oración no es solamente una lista de necesidades, sino una expresión de confianza y alineación con los planes de Dios.
Muchas veces el creyente que apenas comienza a orar se enfoca únicamente en pedir: “dame esto”, “ayúdame en aquello”, “resuélveme este problema”. Pero mientras más madura una persona espiritualmente, más entiende que agradecer también es una forma de fe. La gratitud fortalece el corazón, afirma la esperanza y nos recuerda que Dios sigue teniendo el control aun en medio de las dificultades.
Cuando nuestros planes se alinean con los planes de Dios, la oración deja de ser solo una petición y se convierte en comunión. Entonces damos gracias por lo que Dios ya ha prometido, pedimos que su voluntad se cumpla y aprendemos a descansar en Él. Esa confianza produce una gran fortaleza espiritual.
La Biblia enseña que la oración debe hacerse con fe. El apóstol Santiago dice que quien duda no piense que recibirá algo del Señor. También afirma que muchas veces no recibimos porque no sabemos pedir. Dios no mira solamente las palabras; Él mira el corazón. Por eso, una oración llena de temor, duda o egoísmo no puede producir el fruto que Dios desea.
Jesús animó constantemente a sus discípulos a pedir con confianza. Él dijo: “pidan y recibirán”, “el que pide recibe” y también enseñó que Dios hace justicia a sus escogidos que claman a Él día y noche. Dios desea hijos que se acerquen con confianza, creyendo que Él escucha y responde conforme a su perfecta voluntad.
Pidámosle al Señor que nos enseñe a orar correctamente por medio de su Palabra y de la guía del Espíritu Santo. Como dice Juan 16:13, el Espíritu de verdad nos guía a toda verdad. Que nuestras oraciones no sean solamente palabras repetidas, sino una expresión sincera de fe, gratitud y comunión con Dios.

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