Qué no estás mirando!
A veces creemos que ciertas enseñanzas bíblicas, como la predestinación para salvación o para perdición, son una especie de contradicción o incluso una prueba de que el evangelio no tiene una base razonable. Pasajes como Romanos 8 o Juan 17 suelen despertar muchas preguntas en quienes buscan comprender la justicia y la voluntad de Dios.
Sin embargo, hay algo importante que muchas veces pasamos por alto: el evangelio no gira alrededor de las cosas creadas, sino de la relación que el ser humano tiene con Dios. Desde el principio, la Biblia declara que todo lo que Dios hizo era bueno en gran manera. Así lo afirma Génesis 1. El problema no estaba en la creación, sino en la respuesta del hombre hacia su Creador. Por eso, el mensaje del evangelio consiste esencialmente en estar o no estar con el Padre. Como enseña Juan 1:12, los que reciben a Cristo reciben también el derecho de ser llamados hijos de Dios.
A la luz de esto, conviene hacernos una pregunta sincera: si hubiéramos caminado junto a Jesús durante su ministerio terrenal, viéndolo multiplicar los alimentos, calmar la naturaleza, sanar enfermos, liberar endemoniados y mostrar un amor extraordinario y desinteresado, ¿lo habríamos entregado a sus enemigos?
La historia de Judas nos muestra que las decisiones del ser humano revelan lo que hay en su corazón. En su caso, la ambición por el dinero tuvo un papel determinante. No solo entregó a Jesús, sino que además recibió una recompensa por hacerlo. Aquello que dominaba su corazón terminó guiando sus acciones. Jesús conocía esa debilidad y la expuso desde el tiempo en que Judas formó parte del grupo de los discípulos.
Quizás el ejemplo más claro para comprender la diferencia entre los hijos de Dios y los hijos de perdición se encuentra en la escena de la cruz, descrita por Lucas como un espectáculo. Allí estaban dos hombres sufriendo la misma condena, ambos observando al mismo Jesús y ambos con acceso a la misma evidencia de su inocencia y de su poder.
Sin embargo, sus respuestas fueron completamente diferentes. Uno de los malhechores continuó burlándose de Jesús y lo desafió diciendo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”. El otro, en cambio, reconoció su propia culpa, defendió la inocencia de Jesús y mostró temor de Dios. Aunque ambos estaban al borde de la muerte, uno persistió en su incredulidad mientras el otro depositó su esperanza en Cristo.
Esta diferencia nos ayuda a entender que la predestinación no debe verse como una imposición arbitraria de Dios sobre las personas. Más bien, la Escritura muestra que quienes abrazan la verdad y perseveran en ella descubren el propósito que Dios ha preparado para ellos. Por otro lado, los llamados hijos de perdición son aquellos que, aun teniendo delante de sí la oportunidad de creer, deciden rechazarla.
La escena de los dos ladrones demuestra que la condición del corazón es determinante. Uno encontró esperanza en los últimos momentos de su vida; el otro no quiso hacerlo. Por eso, cuando la Biblia habla de salvación y perdición, nos muestra que la verdadera diferencia está en la respuesta que cada persona da a Dios. El evangelio sigue siendo una invitación a reconciliarnos con el Padre, a confiar en Cristo y a caminar en la verdad que conduce a la vida eterna.

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