El favoritismo en Dios.

 


El favoritismo en Dios es un tema que merece ser tratado con cuidado, porque muchas personas han tropezado al pensar que Dios tiene favoritos entre los hombres. Cuando leemos las Escrituras, descubrimos que Dios no actúa por favoritismo, sino conforme a sus propósitos y a la disposición de cada persona para obedecerle.

Uno de los primeros casos donde este tema aparece es el de Caín y Abel en Génesis 4. Cuando Dios aceptó la ofrenda de Abel y rechazó la de Caín, este último no respondió con humildad ni examinó su corazón. En lugar de eso, permitió que el enojo y los celos crecieran hasta convertirse en odio y asesinato. Caín interpretó la situación como favoritismo, cuando en realidad Dios estaba llamándolo al arrepentimiento y a hacer lo correcto. Dios mismo le dijo: «Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido?» (Génesis 4:7).

La mayor evidencia de que Dios no tiene hijos favoritos, sino personas útiles para sus propósitos, la encontramos en Jesucristo. Aunque era el Hijo unigénito de Dios, fue enviado al mundo para sufrir rechazo, humillación y dolor. Fue escupido, golpeado, despreciado y finalmente crucificado. Si Dios permitió que su propio Hijo pasara por semejante prueba, queda claro que el amor de Dios no consiste en evitar las dificultades, sino en cumplir un propósito eterno a través de ellas.

Cuando Jesús fue bautizado, Dios declaró: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). La complacencia del Padre no estaba basada en privilegios, sino en la perfecta obediencia de Cristo. Dios se complace en aquellos que se dejan usar por Él y que viven para hacer su voluntad.

También vemos este principio en la historia de Israel. Humanamente, el heredero más importante debía ser el primogénito de la esposa más amada. Sin embargo, Dios escogió a Judá para que de su descendencia viniera la dinastía de David y, finalmente, el Mesías (Génesis 49:10). Del mismo modo, aunque Simeón y Leví quedaron marcados por los errores de su juventud (Génesis 34), fue la tribu de Leví la que recibió la responsabilidad de servir en el sacerdocio y dirigir la adoración del pueblo (Números 3:5-10).

Finalmente, observamos que gran parte del ministerio de Jesús se desarrolló en Galilea, una región despreciada por muchos líderes religiosos de Jerusalén. Allí predicó, enseñó y llamó discípulos. Dios mostró una vez más que no mira las cosas como las mira el hombre, sino que obra donde encuentra corazones dispuestos para recibir su verdad.

Por eso, la pregunta no debería ser si somos los favoritos de Dios, sino si somos útiles en sus manos. La Biblia enseña que «Dios no hace acepción de personas» (Hechos 10:34). Él busca hombres y mujeres que le obedezcan, que crean en su palabra y que estén dispuestos a servirle. Más que buscar privilegios, nuestro anhelo debe ser agradar a Dios y cumplir el propósito para el cual nos ha llamado.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Cuál es el secreto de la incorruptibilidad?

Paternidad de Isaac y Rebeca

Motivate!