Los sellos!
Los sellos y su relación con Dios.
De manera sorprendente, muchas personas sienten el deseo de llevar una marca visible que las identifique. Para algunos, un tatuaje representa una historia, una convicción o una parte importante de su identidad. He conversado con familiares que han tomado esa decisión y, en gran medida, así me lo han explicado.
En algunas ocasiones también he sentido la necesidad de llevar algo que me recuerde quién soy o aquello que considero importante. Una pulsera, por ejemplo, puede cumplir esa función. Sin embargo, mientras reflexionaba sobre este tema, vino a mi mente una verdad más profunda: la marca más grande que puede llevar una persona no es una que se vea en la piel, sino la presencia de Dios en su vida.
A lo largo de la Biblia, Dios ha utilizado señales y sellos para identificar a su pueblo. En el Antiguo Testamento, la circuncisión era una señal del pacto entre Dios y Abraham (Génesis 17:10-11). Asimismo, el sábado fue dado como una señal entre Dios y su pueblo para recordar quién era su Creador y Santificador (Éxodo 31:13, 17).
Estas señales apuntaban a una realidad aún mayor. Dios siempre tuvo el propósito de acercarse al ser humano de una manera más íntima. Por eso, cuando llegó el cumplimiento de los tiempos, envió a su Hijo, llamado Emanuel, que significa "Dios con nosotros" (Mateo 1:23).
Ahora, bajo el nuevo pacto, el sello principal del creyente no es una marca externa, sino la presencia del Espíritu Santo. El apóstol Pablo escribió: "Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa" (Efesios 1:13). También afirma: "No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención" (Efesios 4:30).
Este sello no es tinta sobre la piel ni una señal visible para los ojos humanos. Es Dios mismo habitando en aquellos que creen en Cristo. Es su presencia guiando, corrigiendo, consolando y enseñando. Jesús prometió que el Espíritu Santo guiaría a sus discípulos "a toda la verdad" (Juan 16:13), y que les recordaría todo lo que Él había enseñado (Juan 14:26).
Por eso, aunque las personas puedan buscar diferentes formas de expresar su identidad, el cristiano encuentra la suya en algo mucho más profundo. Su sello es la presencia de Dios. Su marca es la obra del Espíritu Santo en su corazón. Su identidad no depende de lo que lleva sobre la piel, sino de Aquel que habita en él.
Cuando Dios está con nosotros, como Emanuel, no necesitamos una marca que nos complete, porque ya hemos sido identificados por el sello más grande que puede recibir un ser humano: la presencia viva del Espíritu Santo de Dios.

Comentarios
Publicar un comentario