"El que se va en la primera vuelta no necesita una segunda"

 

¿Qué prefiere usted: el puente o la balsa?

Hay lugares donde un río no es simplemente una corriente de agua, sino una frontera que separa a las personas de aquello que necesitan. Durante siglos, pueblos enteros han quedado divididos por ríos que deben atravesarse para llegar al trabajo, a la escuela, al mercado, a un hospital o simplemente a otro pueblo. Allí aparecen dos posibilidades: el puente, construido para establecer una conexión firme, y la balsa, que permite cruzar mediante un recorrido diferente. Ambos pueden llevar al otro lado, pero no funcionan de la misma manera.

El puente representa una solución preparada para unir dos destinos que estaban separados. El que construye un puente no le dice al viajero: “Resuelve tú cómo cruzar”. Hace el trabajo de establecer un camino donde antes había un obstáculo. Después coloca señales, accesos y orientaciones para que quien necesita llegar al otro lado pueda hacerlo. El viajero solamente tiene que reconocer el camino y decidir caminar por él.

Algo parecido encontramos en la obra redentora de Dios. El pecado creó una separación que el ser humano no podía solucionar por sus propias fuerzas. Pero Dios tomó la iniciativa. Jesucristo se convirtió en el camino mediante el cual el hombre puede reconciliarse con Dios. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). El puente hacia Dios no fue construido por la capacidad religiosa del hombre, sino por la obra de Cristo.

Por eso la salvación tiene también una especie de logística divina. Dios no solamente establece el destino; también proporciona dirección. La Escritura dice: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). Hay un destino preparado, hay un camino señalado y hay indicaciones para quien desea llegar. El hombre que camina sin atender las señales puede perderse aunque el puente esté delante de él.

Y aquí aparece una pregunta interesante: ¿qué prefiere usted, el puente o la balsa? El puente es la obra que Dios ha establecido; la balsa representa aquello que el hombre puede hacer mientras atraviesa las circunstancias de la vida. Una balsa puede ser útil cuando el río todavía debe cruzarse, pero nunca debería confundirse con el puente. El problema aparece cuando alguien termina confiando más en su propia balsa que en el camino que Dios construyó.

La Biblia muestra que Dios también observa lo que ocurre en el corazón de quienes caminan por este mundo. Jesús enseñó que no basta con hablar acerca del Reino; la vida debe producir frutos visibles. En Mateo 25:34-40, al hablar de las ovejas, dijo: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”.

Aquellas personas quizá no estaban construyendo el puente, pero estaban demostrando mediante sus acciones que había algo verdadero operando dentro de ellas. Por eso preguntaron: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?”. Y Jesús respondió: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:37-40).

En esta imagen, la balsa puede representar esos actos de misericordia, bondad y servicio que nacen de un corazón transformado. Es el fruto que aparece mientras la persona atraviesa las aguas difíciles de este mundo. Pablo describe algo semejante cuando escribe: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). Una balsa construida con esas virtudes puede ayudar a otros a atravesar momentos difíciles.

Pero la balsa no sustituye al puente. El fruto del Espíritu no reemplaza la obra de Cristo. Las buenas obras tampoco compran la salvación. Pablo lo explicó claramente: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Y, sin embargo, inmediatamente añade: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Efesios 2:10). Primero está la gracia; después aparece una vida que produce frutos.

Esto permite entender también el sentido de la enseñanza de Mateo 25 sin convertir la balsa en otro camino de salvación. Las obras de misericordia no son otro puente hacia Dios; son evidencia de lo que está ocurriendo en el corazón de quienes han recibido su gracia. La persona que ha comprendido el amor de Dios comienza a reflejarlo en su trato hacia los demás. La balsa, entonces, no compite con el puente: demuestra que alguien está atravesando las aguas con un corazón diferente.

También existe otra realidad que no podemos ignorar. Hay personas que, en lugar de aceptar el camino dispuesto por Dios, prefieren fabricar sus propias rutas y establecer sus propias condiciones. Algunos incluso llegan a pensar que, porque el Reino de Dios ya está anunciado y porque Cristo es Señor, pueden vivir sin atender las instrucciones del Rey. Pero reconocer la autoridad de Cristo implica también reconocer sus palabras.

Jesús declaró: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:18-19). El Cristo resucitado no se presenta como alguien que espera que el hombre invente su propia ruta. Se presenta como Rey con autoridad. Y si el Reino de Dios avanza bajo la autoridad de Cristo, sus ciudadanos están llamados a vivir conforme a los valores de ese Reino.

El río de la vida sigue separando pueblos, familias, corazones y destinos. Hay personas que necesitan llegar al otro lado y otras que necesitan que alguien las ayude mientras atraviesan las aguas. Hace falta anunciar a Cristo, pero también alimentar al hambriento, visitar al enfermo, ayudar al necesitado, consolar al afligido y actuar con misericordia.

Entonces, ¿qué prefiere usted: el puente o la balsa? Quizás la pregunta correcta sea otra: ¿ha reconocido usted el puente que Dios construyó y está dispuesto a utilizar su balsa para ayudar a otros a atravesar el río? Porque el puente habla de la gracia que Dios estableció en Cristo, mientras que la balsa puede hablar de las manos de aquellos que, habiendo recibido esa gracia, deciden convertirse en instrumentos de amor.

Al final del camino, el hombre descubrirá que su verdadero valor no estaba en la cantidad de riquezas que acumuló, ni en el reconocimiento que recibió, ni en la apariencia que presentó ante los demás. Su verdadero valor estaba en haber sido alcanzado por Dios y haber permitido que esa gracia transformara su manera de vivir. El puente ya fue dispuesto; las señales están en la Palabra; el destino ha sido anunciado. La pregunta permanece en nuestras manos: ¿seguiremos buscando otra ruta o caminaremos por el camino que Dios mismo nos ha señalado?

Addis Vergez Javier 
"El Buey Que Trilla"


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Cuál es el secreto de la incorruptibilidad?

Paternidad de Isaac y Rebeca

Motivate!