La mística de c/i debe estar sujeta a la verdad de Dios!
Cuando la mística humana sustituye la voz de Dios
Dios se opone a toda mística meramente humana cuando esta comienza a ocupar el lugar que corresponde a su Palabra. La espiritualidad bíblica no consiste simplemente en pertenecer a un grupo, conservar determinadas costumbres o identificarse con una forma particular de culto. Consiste en escuchar a Dios, obedecer su Palabra y reconocer su obra allí donde Él la está realizando. Por eso, una iglesia puede tener mucha actividad religiosa y, sin embargo, necesitar escuchar la voz de Cristo que le dice: «Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor» (Apocalipsis 2:4).
El libro de Jueces constituye un ejemplo extraordinario de lo que sucede cuando un pueblo que ha recibido la Palabra de Dios decide vivir conforme a sus propios criterios. El problema de Israel no era que le faltara información acerca de Dios. Dios había hablado públicamente, había dado sus mandamientos y había manifestado repetidamente su voluntad. Sin embargo, «cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jueces 21:25). La tragedia consistía, precisamente, en que Israel tenía una palabra recibida de Dios y decidió sustituirla por su propio criterio.
Jueces presenta repetidamente este ciclo: Israel se apartaba de Jehová, Dios permitía que sus enemigos lo oprimieran, el pueblo clamaba, Dios levantaba un libertador y, después de experimentar nuevamente su misericordia, volvía a desviarse. Jueces 2:17 resume dolorosamente esta conducta: «No escucharon a sus jueces, sino que fueron tras dioses ajenos». No estaban siendo juzgados por haber olvidado alguna enseñanza privada que un hombre les hubiera transmitido en secreto. Habían recibido la revelación de Dios y, aun así, no permanecían en ella.
Esto permite comprender mejor las palabras de Pablo a Timoteo: «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2). El principio es importante: la enseñanza cristiana no debe descansar en una mística privada, en una tradición incuestionable de determinado líder ni en una confianza ciega depositada en una organización. Pablo habla de algo que Timoteo había oído delante de «muchos testigos». La enseñanza podía ser conocida, examinada y transmitida. La Palabra predicada en una iglesia debe poder ser contrastada con la verdad de Dios.
Por eso, una predicación verdaderamente cristiana no debería exigir que las personas crean simplemente porque «nuestro pastor lo dice», «nuestra iglesia siempre lo ha hecho así» o «aquí Dios se mueve de esta manera». La autoridad no procede de la personalidad del predicador, sino de la fidelidad de aquello que predica a la Palabra de Dios. El ministro puede ser instrumento; nunca debe convertirse en la medida absoluta de la verdad.
En este sentido, puede utilizarse la imagen del cuerpo de Cristo presentada por Pablo. El cuerpo tiene muchos miembros y cada uno posee una función diferente (1 Corintios 12:12-27). Una iglesia local puede tener una determinada vocación, énfasis, manera de servir y campo de acción. Pero ninguna parte del cuerpo puede concluir que, por cumplir una función diferente, la otra carece de valor. Si una célula del cuerpo despreciara a la célula que tiene al lado porque considera que su función es menos espiritual, el resultado no sería mayor santidad, sino enfermedad.
Esta imagen ayuda a identificar una de las manifestaciones del misticismo humano dentro de la iglesia: cuando una congregación deja de reconocer al Espíritu Santo obrando fuera de sus propias fronteras. Entonces comienza a pensar: «Nosotros somos los que tenemos la verdad completa; los demás están equivocados». La iglesia deja de contemplar el cuerpo de Cristo y comienza a contemplarse a sí misma. Su identidad ya no está centrada solamente en Cristo, sino también en aquello que la distingue de los demás.
El problema no está en tener identidad doctrinal, ministerial o denominacional. El problema aparece cuando esa identidad se convierte en motivo de superioridad espiritual. Una iglesia puede tener una función que otra no tiene, así como una mano no tiene la misma función que un ojo. Pero precisamente porque ambas pertenecen al mismo cuerpo, deben reconocerse mutuamente. La madurez espiritual no consiste en decir «yo no necesito de ti», sino en comprender que Cristo es la cabeza y que todos los miembros dependen de Él.
El encuentro de Jesús con el hombre poseído por una legión de demonios ofrece otro ejemplo sorprendente. Después de ser liberado, aquel hombre quiso permanecer con Jesús. Humanamente, podría parecer que lo mejor era llevarlo consigo para que continuara aprendiendo directamente del Maestro. Sin embargo, Jesús le dijo: «Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti» (Marcos 5:19). El hombre quería quedarse físicamente con Jesús, pero Jesús lo envió lejos de Él para convertirse en testigo de lo que Dios había hecho.
Hay aquí una enseñanza profunda para la iglesia. El discipulado no siempre significa retener a una persona dentro de nuestra propia estructura. A veces significa prepararla y enviarla. Aquel hombre tenía un testimonio que nadie podía negar: había sido transformado por el poder de Dios. Su vida podía convertirse en una predicación viviente. Jesús no le dijo que construyera alrededor de sí una nueva comunidad que compitiera con otras; le dijo que regresara a los suyos y anunciara la misericordia que había recibido.
Esto resulta particularmente importante cuando se piensa en el carácter interdenominacional de Cristo. Cristo no pertenece a una denominación. Su cuerpo tampoco puede reducirse a una sola expresión denominacional. Puede haber diferencias legítimas de organización, énfasis, tradición y práctica, pero el centro de la predicación debe seguir siendo Jesucristo. Cuando una iglesia comienza a predicar más su propia identidad que a Cristo, corre el peligro de convertir su particularidad en una especie de mística humana.
La señal más preocupante aparece cuando los acuerdos humanos comienzan a sostener aquello que debería descansar en Dios. Cuando los líderes mantienen determinadas relaciones, decisiones o estructuras principalmente por confianza mutua, conveniencia, lealtades personales o compromisos internos, antes que por obediencia a la verdad, la iglesia puede comenzar a alejarse de su primer amor. Apocalipsis 2 muestra que Cristo puede reconocer las obras, el esfuerzo y hasta el discernimiento doctrinal de una iglesia y, al mismo tiempo, señalarle una carencia profunda en su corazón.
Por eso, el examen de una iglesia no debería limitarse a preguntar cuánto hace, cuánto crece o cuántas personas reúne. También debería preguntarse: ¿podemos demostrar que lo que predicamos procede de la Palabra de Dios? ¿Reconocemos al Espíritu Santo obrando en otros miembros del cuerpo de Cristo? ¿Estamos dispuestos a corregir nuestras prácticas cuando la Palabra nos confronta? ¿Nuestra unidad descansa en Cristo o en acuerdos humanos?
El Israel de Jueces demuestra que recibir la Palabra no es suficiente; hay que obedecerla. Timoteo demuestra que la enseñanza debe ser transmitida de manera pública, fiel y comprobable. El hombre liberado de la legión demuestra que un verdadero encuentro con Cristo produce testimonio y disposición para servir. Y la imagen del cuerpo demuestra que la diversidad de funciones no autoriza a ningún miembro a despreciar a otro.
Finalmente, Dios se opone a la mística meramente humana porque esta termina construyendo una espiritualidad alrededor del hombre, mientras que el evangelio construye la vida alrededor de Cristo. Una iglesia puede tener su propia función, su propia vocación y sus propias características, pero nunca debe olvidar que existe para formar parte de un cuerpo cuya cabeza es Jesucristo. Cuando deja de reconocer esa realidad y comienza a considerarse espiritualmente superior, la diferencia que Dios había diseñado para producir diversidad puede convertirse en división.
La verdadera espiritualidad, por tanto, no dice: «Dios solamente está aquí». Dice: «Cristo es la cabeza, su Palabra es la verdad y nosotros somos miembros de su cuerpo». Esa actitud permite conservar la identidad sin caer en el aislamiento, defender la verdad sin despreciar a otros creyentes y ejercer autoridad sin sustituir la autoridad de Dios. Allí donde Cristo vuelve a ocupar el centro, la mística humana pierde su poder y la iglesia recupera el primer amor.

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