El final habla mejor que cualquier parte de la historia!
¿Fue glorificado Dios en la convicción de Job?
La historia de Job comienza con una pregunta que sigue siendo difícil para el ser humano: ¿puede alguien permanecer fiel a Dios cuando todo aquello que sostiene su vida parece desaparecer? Job era un hombre íntegro, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo, en poco tiempo perdió sus bienes, sus hijos y finalmente su salud. Lo más interesante de su historia no es solamente lo que perdió, sino que, en medio de aquellas pérdidas, mantuvo una convicción que parecía equivocada ante los ojos de quienes lo rodeaban. Su mujer, sus amigos y hasta sus propias circunstancias parecían decirle que debía abandonar aquella posición.
Su esposa fue la primera en confrontar su convicción. Al verlo sufrir, le dijo: “¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9). Desde una perspectiva humana, su consejo parecía comprensible: si Dios ya no estaba evitando el sufrimiento, ¿qué sentido tenía continuar confiando? Pero Job respondió: “Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). Su esposa interpretaba las circunstancias como evidencia de que aquella relación con Dios había dejado de producir beneficios; Job, en cambio, entendía que Dios seguía siendo Dios aun cuando no pudiera comprender lo que estaba sucediendo.
Después llegaron sus amigos. Ellos no le pidieron que abandonara a Dios, pero sí intentaron convencerlo de que su sufrimiento necesariamente debía ser consecuencia de algún pecado oculto. Job defendió insistentemente su integridad. Allí aparece otro aspecto de su aparente equivocación: llegó a hablar de su justicia de una manera que necesitaba ser corregida por Dios. Job sabía que no estaba viviendo deliberadamente en rebelión contra Dios, pero comenzó a exigir una explicación desde su propia perspectiva. Su convicción era correcta en cuanto a su integridad, pero incompleta en cuanto a su comprensión de los caminos de Dios.
Finalmente, fueron las circunstancias mismas las que parecieron contradecirlo. Había perdido casi todo lo que un hombre podía perder y, sin embargo, continuaba aferrado a Dios. Parecía que su fidelidad no estaba produciendo ninguna ventaja. Pero precisamente allí estaba la profundidad de su prueba: Job debía decidir si amaba a Dios solamente por las bendiciones recibidas o si podía seguir confiando en Él cuando no quedaba ninguna recompensa visible. Al final, Dios no le dio simplemente una explicación del sufrimiento; le mostró una dimensión de su grandeza que Job no había comprendido. Entonces Job dijo: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6).
Por eso puede decirse que Dios fue glorificado en la convicción de Job, aunque Job necesitara ser llevado a una comprensión más profunda. Su convicción no consistía en saber por qué sufría, sino en negarse a concluir que Dios había dejado de ser digno de confianza. Al final, la prueba que parecía demostrar que su fe era inútil terminó mostrando que su relación con Dios podía sobrevivir aun cuando desaparecieran sus beneficios visibles. Job perdió muchas cosas, pero no perdió aquello que Dios estaba formando en él.
Algo semejante encontramos en Jacob. Desde su nacimiento, su historia estuvo marcada por su nombre. Jacob, del hebreo Ya‘aqov, está relacionado con “talón” y llegó a asociarse con la idea de suplantador o engañador. En su vida hubo episodios que hicieron visible esa asociación: obtuvo la primogenitura de Esaú y posteriormente recibió la bendición de Isaac mediante engaño. Sin embargo, llegó una noche en la que Jacob no estaba tratando de engañar a nadie. Estaba solo, vulnerable y necesitado de una bendición. Génesis relata: “No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32:26).
Jacob había llegado al punto en que una bendición valía más que una salida cómoda. Luchó, insistió y permaneció aferrado hasta recibirla. Y la respuesta de Dios fue significativa: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (Génesis 32:28). Aquella lucha no solamente cambió su situación; cambió su identidad. El hombre que durante buena parte de su vida había tratado de obtener mediante sus propios recursos aquello que deseaba, ahora aprendía a recibir de Dios aquello que realmente necesitaba.
Rut y Noemí presentan otra forma de esa misma clase de apego. Noemí había quedado viuda y había perdido también a sus hijos. Rut, su nuera, tenía la posibilidad de regresar a su pueblo y comenzar una vida nueva. Noemí incluso le pidió que se marchara. Humanamente, permanecer junto a una mujer anciana, viuda y sin recursos parecía una sobrecarga, no una ventaja. Sin embargo, Rut respondió con una de las declaraciones de fidelidad más conmovedoras de las Escrituras: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rut 1:16).
Rut se aferró a una relación que, desde el punto de vista de las conveniencias humanas, podía parecer una carga. No sabía que aquel apego la conduciría hasta Booz, a una nueva familia y a formar parte de la línea genealógica de David y, posteriormente, de Jesucristo. Lo que parecía pérdida terminó convirtiéndose en participación en una historia mucho mayor que ella misma. Rut no tenía garantías; tenía una convicción. No conocía el resultado; tenía una esperanza.
Job, Jacob y Rut tienen algo en común: los tres tuvieron que decidir qué valor tenía aquello a lo que estaban aferrados cuando las circunstancias parecían demostrar que era mejor soltarlo. Job se aferró a Dios cuando su fidelidad parecía no producir beneficios. Jacob se aferró a una bendición cuando necesitaba que Dios transformara su identidad. Rut se aferró a Noemí cuando aquella relación parecía representar una carga. En los tres casos, la perseverancia convirtió lo que parecía pérdida en una oportunidad de recibir algo mucho mayor.
Esto recuerda las palabras de Jesús: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25). El principio del Reino de Dios parece contrario a la lógica humana: algunas cosas se multiplican cuando dejamos de vivir exclusivamente para conservarlas. La vida entregada por una convicción puede producir una vida de mayor significado. El talento utilizado en lugar de enterrado puede producir fruto. La fidelidad mantenida cuando no hay recompensa inmediata puede convertirse en una herencia para otros.
Jesús también dijo: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lucas 7:47). Aquí aparece otra clave para comprender estas historias. La profundidad de la gratitud no siempre puede medirse por lo que una persona posee, sino por cuánto comprende aquello que ha recibido. Job llegó a conocer a Dios de una manera más profunda después de atravesar su prueba. Jacob recibió una nueva identidad después de su lucha. Rut encontró una nueva historia después de decidir permanecer junto a Noemí.
Quizás, entonces, el aparente equívoco de Job consistía en pensar que su conocimiento de Dios era suficiente para explicar sus circunstancias. Dios no destruyó su convicción; la profundizó. Job terminó comprendiendo que podía confiar en Dios sin tener todas las respuestas. Su sufrimiento no glorificó a Dios porque el sufrimiento fuera bueno en sí mismo, sino porque, en medio de él, quedó demostrado que la relación con Dios podía permanecer cuando desaparecían las recompensas visibles.
La vida cristiana también puede presentar momentos en los que una convicción, una necesidad o una esperanza parecen estar consumiendo más de lo que producen. Pero Job enseña a permanecer; Jacob enseña a insistir; Rut enseña a permanecer fiel cuando nadie garantiza el resultado. Los tres descubrieron que aquello que parecía una carga podía convertirse en el escenario donde Dios multiplicara aquello que habían puesto en sus manos.
Por eso, la verdadera multiplicación de los talentos no siempre comienza cuando recibimos más, sino cuando somos capaces de permanecer fieles con lo poco que todavía tenemos. Job conservó su temor de Dios; Jacob conservó su deseo de recibir la bendición; Rut conservó su fidelidad hacia Noemí. Y Dios tomó esas convicciones aparentemente pequeñas y las incorporó a una historia mucho más grande. Así, aquello que para el hombre podía parecer pérdida terminó siendo, en las manos de Dios, una semilla de multiplicación.

Comentarios
Publicar un comentario