El futuro se construye trabajando en fé!
No es lo mismo, ni es igual!
Hay una diferencia profunda entre presenciar la obra de Dios y pertenecer verdaderamente a Dios. No es lo mismo caminar cerca de Cristo que permanecer en Cristo; no es lo mismo contemplar sus milagros que creer en Él; tampoco es igual recibir los beneficios de la manifestación del poder de Dios que experimentar una transformación verdadera del corazón. Esta realidad puede observarse en Judas Iscariote, en la historia de Israel y, de acuerdo con la interpretación premilenial de Apocalipsis 20, volverá a manifestarse en aquellos que sobrevivan a la gran tribulación y entren vivos al Reino milenial de Cristo.
Judas estuvo extraordinariamente cerca de Jesús. Fue uno de los doce escogidos para acompañarlo durante su ministerio terrenal. Vio enfermos ser sanados, personas poseídas por demonios ser liberadas, panes y peces multiplicados para alimentar multitudes y hasta presenció cómo Cristo ejercía autoridad sobre los fenómenos de la naturaleza. Estuvo allí cuando Jesús calmó el viento y el mar, y escuchó de primera mano sus enseñanzas acerca del Reino de Dios. Sin embargo, toda esa proximidad no impidió que Judas terminara entregando a su Maestro. Haber visto los milagros no transformó automáticamente su corazón.
Esto encuentra un paralelo sorprendente en la historia de Israel. Pablo recuerda a los corintios que los israelitas “todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”. Sin embargo, inmediatamente después declara: “Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto” (1 Corintios 10:1-5). Israel experimentó liberación, provisión, dirección y manifestaciones extraordinarias de Dios, pero esas experiencias no garantizaron fidelidad.
Algo semejante se presenta, según esta lectura escatológica, en el Reino milenial de Cristo. Después de la gran tribulación, habrá personas que sobrevivan y entren al Reino del Mesías en condición terrenal. No vivirán en las condiciones actuales de la humanidad. Isaías describe un mundo bajo la administración del gobierno de Dios donde habrá una extraordinaria restauración. “No habrá más allí niño que muera de pocos días, ni viejo que sus días no cumpla” (Isaías 65:20). Las personas edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán de su fruto (Isaías 65:21). Isaías también anuncia que “no trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición” (Isaías 65:23).
La descripción profética alcanza incluso la relación del ser humano con la creación. Isaías declara: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará” (Isaías 11:6), y agrega: “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9). Zacarías presenta además a las naciones reconociendo el gobierno del Rey (Zacarías 14:16-17). Es decir, la humanidad podrá encontrarse viviendo bajo condiciones extraordinariamente superiores a las que experimentamos actualmente, con Cristo gobernando y con una creación sometida a un orden diferente.
Sin embargo, Apocalipsis 20 presenta una escena que parece contradecir cualquier expectativa de que esas condiciones producirán automáticamente fidelidad universal. Cuando los mil años sean cumplidos, Satanás será soltado y saldrá a engañar a las naciones. El resultado será una nueva rebelión contra Dios y contra sus santos (Apocalipsis 20:7-9). Esto revela una verdad que atraviesa toda la Escritura: no es lo mismo, ni es igual, disfrutar de las bendiciones de Dios que amar al Dios que bendice. Las circunstancias pueden ser extraordinarias y, aun así, el corazón humano puede permanecer necesitado de una verdadera respuesta a Dios.
Judas constituye un ejemplo personal de esta misma realidad. Su problema no fue falta de evidencia. No podía decir que nunca había visto el poder de Cristo. Había convivido con Él y había contemplado sus obras. Israel tampoco podía alegar falta de manifestaciones divinas. Y los habitantes del Reino mesiánico, en el escenario descrito por estos textos, tampoco podrán decir que nunca conocieron la autoridad del Rey. El problema, entonces, no es simplemente cuánto poder de Dios ha visto una persona, sino qué hace con la verdad que ha recibido.
Por eso adquieren tanta importancia las palabras de Jesús registradas en Juan 8:29-32. Cristo dijo: “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”. Y después declaró a aquellos que habían creído en Él: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Jesús no presenta la libertad como consecuencia de haber visto milagros, ni como resultado de disfrutar circunstancias favorables. La relaciona con permanecer en su palabra.
Ahí está la diferencia entre Judas y el verdadero discípulo; entre aquellos israelitas que presenciaron las obras de Dios y los que permanecieron fieles; y entre una humanidad que puede vivir bajo condiciones extraordinarias y un corazón que verdaderamente se somete a Cristo. Dios puede cambiar las circunstancias externas, abrir el mar, multiplicar el pan, callar el viento, expulsar demonios, sanar enfermedades o establecer un Reino de justicia sobre la tierra. Pero ninguna de esas cosas sustituye la necesidad de permanecer en su Palabra.
Por eso, “no es lo mismo, ni es igual” estar cerca de Dios que pertenecerle. No es lo mismo recibir pan del cielo que vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios. No es lo mismo ver el mar abrirse que confiar en aquel que lo abrió. No es lo mismo contemplar los milagros de Cristo que convertirse en su discípulo. Y tampoco será lo mismo vivir bajo las bendiciones del Reino de Cristo que permanecer fiel al Rey cuando las circunstancias vuelvan a poner de manifiesto lo que hay en el corazón.
La gran enseñanza bíblica no es que el ser humano necesite solamente mejores condiciones para ser bueno. Israel tuvo milagros; Judas tuvo a Cristo delante de sus ojos; y el Reino milenial tendrá condiciones extraordinarias. Pero la Escritura demuestra repetidamente que la bendición externa no reemplaza la transformación interna. Por eso Jesús no dijo simplemente: “Verán la verdad”, sino: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. La verdadera libertad no procede únicamente de vivir en un mundo mejor, sino de conocer al Hijo y permanecer en Él. Porque, al final, no es lo mismo vivir bajo el gobierno de Cristo que dejar que Cristo gobierne verdaderamente el corazón.

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