"David y la soberanía de Dios"
La Soberanía de Dios
La Biblia es clara cuando habla de la soberanía de Dios. Sin embargo, esta soberanía está muy lejos de ser anárquica, aunque al hombre le parezca un despropósito, un desorden o una injusticia. Dios no actúa por capricho, ni necesita justificar sus decisiones ante el hombre para demostrar que es justo. Sus principios nos dan testimonio de su carácter: es «tardo para la ira, y grande en misericordia» (Salmo 103:8), y honra a quienes le honran (1 Samuel 2:30). Por eso, cuando Dios nos recuerda que Él es el primero, también nos está enseñando que sus caminos y sus pensamientos están por encima de los nuestros. Como declara Isaías 55:8-9: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová». El problema no está necesariamente en lo que Dios hace, sino en nuestra dificultad para comprender por qué lo hace.
Dios nos recuerda su soberanía de diferentes maneras. A veces, escoge para una determinada labor a alguien que nosotros no habríamos elegido. En otras ocasiones, permite que atravesemos circunstancias que no esperábamos o que tengamos que vivir con situaciones que dejan una marca permanente en nuestra vida. También puede corregirnos de una manera que nos sorprenda y nos haga sentir avergonzados. En esos momentos se pone a prueba nuestra relación con Él. Es relativamente fácil aceptar la voluntad de Dios cuando coincide con nuestros deseos; lo difícil es mantener la confianza cuando sus decisiones contradicen nuestras expectativas. La madurez espiritual comienza cuando aprendemos que no tenemos que comprenderlo todo para seguir confiando en Dios.
David nos ofrece un ejemplo de esta actitud. A pesar de las dificultades que experimentó en su propia casa, no permitió que el rechazo de los demás determinara su relación con Dios. Más adelante, cuando llegó a ser rey, también tuvo que aprender que la voluntad divina no podía ejecutarse de cualquier manera. Cuando intentó trasladar el arca del pacto a Jerusalén, ocurrió la muerte de Uza, quien tocó el arca. David se entristeció y tuvo temor, pero aquel acontecimiento lo llevó a reconocer la santidad de Dios y la necesidad de respetar sus instrucciones (2 Samuel 6:1-15; 1 Crónicas 15:12-15). La experiencia le enseñó que las buenas intenciones no sustituyen la obediencia. No basta con querer hacer algo para Dios; también debemos procurar hacerlo conforme a su voluntad.
Otro episodio que nos ayuda a comprender esta verdad fue el juicio que David experimentó por su pecado con Betsabé. Después de que el profeta Natán lo confrontó, David reconoció su pecado y se humilló delante de Dios. Cuando el niño enfermó, David ayunó, pasó la noche en tierra y rogó por su vida. Sin embargo, el niño murió (2 Samuel 12:15-23). David no obtuvo la respuesta que deseaba, pero tampoco abandonó su relación con Dios. Se levantó, se lavó, adoró y volvió a su casa. Su comportamiento nos enseña que la fe no consiste en conseguir que Dios haga lo que queremos, sino en continuar reconociendo su autoridad incluso cuando su respuesta nos duele. La soberanía de Dios no significa que el sufrimiento deje de ser real; significa que nuestras circunstancias no convierten al hombre en juez supremo de Dios.
Pero ¿qué hizo de David un hombre tan particular delante del Señor? Una parte importante de la respuesta está en su disposición a reconocer la verdad acerca de sí mismo. Cuando pecaba, no siempre actuaba correctamente, pero, al ser confrontado, podía reconocer su culpa y buscar misericordia. El Salmo 51 expresa esa actitud con claridad: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» (Salmo 51:10). David no podía comprar el perdón ni negociar con Dios para conservar su posición. Necesitaba arrepentirse de corazón. En esto encontramos una diferencia importante con Saúl, su antecesor en el trono. Cuando Samuel lo confrontó, Saúl reconoció su pecado, pero también pidió que lo honrara delante de los ancianos y del pueblo (1 Samuel 15:24-30). En aquel momento, su preocupación por conservar el reconocimiento público quedó expuesta. La diferencia no consiste en que David nunca pecara, sino en que su relación con Dios lo llevaba a reconocer la necesidad de arrepentirse. La posición puede conservarse ante los hombres durante algún tiempo, pero ninguna posición sustituye la comunión sincera con Dios.
En este contexto podemos comprender mejor el mensaje del Salmo 139. David expresa allí su asombro ante el conocimiento que Dios tiene del ser humano: «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido» (Salmo 139:1). Dios conoce nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros caminos, incluso aquello que intentamos ocultar. No podemos engañarlo ni negociar con Él mediante apariencias religiosas. Primera de Corintios 8:3 afirma: «Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él». Este pasaje nos recuerda que nuestra relación con Dios no debe reducirse a ocupar un puesto, cumplir una función o aparentar fidelidad. Se trata de vivir en una relación de amor y obediencia con Aquel que conoce nuestro corazón. No podemos afirmar con certeza que el Salmo 139 surgiera específicamente del arrepentimiento de David por su pecado con Betsabé, pero sí podemos reconocer que ambos textos nos ayudan a comprender la importancia de vivir conscientes de que Dios conoce quiénes somos realmente.
En conclusión, la soberanía de Dios nos invita a revisar nuestra actitud ante su voluntad. No significa que debamos llamar bueno a todo lo que sucede, ni que el sufrimiento humano carezca de importancia. Significa que debemos reconocer que Dios es superior a nuestro entendimiento y que nuestra responsabilidad es buscar su voluntad, obedecer sus principios y aceptar su corrección con humildad. David nos enseña que la madurez espiritual no se demuestra por la ausencia de errores, sino por la disposición a reconocerlos y volvernos a Dios con un corazón sincero. Por eso, cuando una decisión divina nos sorprenda, cuando una corrección nos duela o cuando una respuesta no sea la que esperábamos, debemos preguntarnos si estamos buscando conocer mejor a Dios o si solamente queremos que Él apruebe nuestros deseos. Al final, la verdadera confianza no consiste en tener todas las respuestas, sino en permanecer fieles a Dios, incluso cuando todavía no comprendemos sus caminos.

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