"El problema con opciones es otra cosa!"

 

Yo soy el problema

Cuando surge un problema, lo normal es buscar una solución que esté a la altura de las circunstancias. Sin embargo, no siempre nos detenemos a pensar si aquello que consideramos un problema es realmente el origen de nuestra dificultad. Desde el principio, Dios puso al hombre frente a una decisión que tendría consecuencias para su vida: obedecer a su Creador o desobedecerlo. En el huerto del Edén estaban el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. El problema no eran los árboles, sino la decisión que el hombre tomaría frente a la voluntad de Dios. Esto nos enseña que, muchas veces, el mayor problema no está en lo que tenemos delante, sino en la manera en que decidimos enfrentarlo.

La historia de Caín nos ayuda a comprender esta verdad. En Génesis 4:7, Dios le advirtió: «el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él». Dios le estaba mostrando que Caín todavía tenía la oportunidad de dominar sus malos deseos antes de dejarse dominar por ellos. Sin embargo, Caín permitió que sus sentimientos lo condujeran a tomar una decisión terrible: matar a su hermano Abel. Podemos ilustrarlo con un oso que encuentra una trampa en el camino. Si el animal comprende el peligro y decide alejarse, evita quedar atrapado. La trampa representa el peligro, pero la decisión de acercarse determina si termina sufriendo sus consecuencias. De igual manera, no siempre podemos evitar que las dificultades aparezcan, pero sí debemos aprender a decidir cómo responder ante ellas.

Caín tuvo la oportunidad de escuchar la advertencia de Dios, pero parece que permitió que sus sentimientos pesaran más que la voz de su Creador. Quizás la vergüenza, el rechazo y la comparación con su hermano ocuparon su corazón hasta convertir su tristeza en amargura. Sin embargo, la vida es mucho más que lo que sentimos en un momento determinado. Las emociones pueden ser intensas, pero no siempre nos muestran el camino correcto. Por eso, cuando nos sentimos heridos, rechazados o tratados injustamente, debemos preguntarnos si estamos buscando una solución o si estamos permitiendo que nuestros sentimientos nos conviertan en parte del problema. La advertencia de Dios a Caín sigue siendo una enseñanza para nosotros: antes de actuar, debemos examinar nuestro corazón.

A pesar de la desobediencia humana, Dios continúa mostrando su bondad. Cada día recibimos nuevas oportunidades para vivir, corregir nuestros errores y acercarnos a Él. Lamentaciones 3:22-23 nos recuerda: «Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad». Asimismo, Mateo 5:45 enseña que Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Su bondad nos alcanza incluso cuando no respondemos a ella como deberíamos. Por eso, despreciar su misericordia y persistir en el mal es cerrar los ojos ante una oportunidad que Dios, en su paciencia, nos concede. Su bondad debe conducirnos al arrepentimiento, no a creer que podemos vivir de cualquier manera sin consecuencias.

La Biblia también nos muestra que la vida de una persona puede dejar una huella que trascienda su existencia terrenal. Jesús habló de Abraham, Isaac y Jacob como personas vivas para Dios (Lucas 20:37-38). Sus nombres permanecen vinculados a la historia de la fe y a las promesas divinas. Abel también es recordado por su fe, pues Hebreos 11:4 declara que, aunque murió, todavía habla por medio de ella. En cambio, las obras de maldad dejan un testimonio muy diferente. Proverbios 10:7 dice: «La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los impíos se pudrirá». No se trata de que el valor de una persona dependa de la fama que alcance, sino de comprender que nuestras decisiones influyen en el testimonio que dejamos. Podemos convertirnos en instrumentos de bendición o en una fuente de dolor para quienes nos rodean.

La historia de Jabes nos presenta otra manera de responder ante las dificultades. En 1 Crónicas 4:9-10 leemos que Jabes fue más ilustre que sus hermanos y que invocó al Dios de Israel, diciendo: «¡Oh, si me dieras bendición, y ensancharas mi territorio, y si tu mano estuviera conmigo, y me libraras de mal, para que no me dañe!». Jabes no se limitó a contemplar sus circunstancias, sino que acudió a Dios en busca de bendición, dirección y protección. Su historia nos recuerda que no tenemos que permanecer sometidos a las consecuencias de una mentalidad equivocada ni permitir que nuestras dificultades definan nuestro futuro. Podemos reconocer nuestros errores, pedir ayuda al Señor y tomar decisiones que nos conduzcan por un camino diferente. La verdadera transformación comienza cuando dejamos de justificar todo lo que nos sucede y permitimos que Dios examine y corrija nuestro interior.

Por tanto, el título de este ensayo, «Yo soy el problema», no pretende afirmar que toda dificultad sea culpa nuestra, pues existen situaciones que no provocamos y sufrimientos que padecemos injustamente. Su propósito es invitarnos a reconocer nuestra responsabilidad frente a aquello que sí depende de nosotros. Quizás el problema no sea la persona que nos rechazó, la oportunidad que perdimos o la circunstancia que nos hizo sufrir, sino la respuesta que estamos eligiendo dar. Dios advirtió a Caín antes de que cometiera su pecado, y también nos llama a examinar nuestro corazón antes de actuar. La pregunta no debe ser únicamente qué está pasando conmigo, sino qué estoy haciendo yo frente a lo que está pasando. Cuando dejamos de culpar a los demás por todas nuestras decisiones, abrimos la puerta al arrepentimiento, a la obediencia y al cambio. Reconocer que podemos ser parte del problema es el primer paso para permitir que Dios nos convierta en parte de la solución.

Addis Vergez Javier 
"El Buey Que Trilla"


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Cuál es el secreto de la incorruptibilidad?

Paternidad de Isaac y Rebeca

Motivate!