Orando sin cesar venceremos!

 

Comparte tu vida con Dios

Desde el principio de la historia bíblica podemos observar que Dios quiso compartir su vida con el ser humano. La creación del hombre no aparece como un acto mediante el cual Dios simplemente produjo una criatura para dejarla existir por sí misma, sino como el comienzo de una relación. En Génesis 2 vemos a Dios colocando al hombre en el huerto de Edén, dándole una tarea, estableciendo límites y permitiéndole disfrutar de todo lo que había creado. Dios hablaba con el hombre y le daba instrucciones para que pudiera vivir correctamente. Esto nos permite comprender que, desde el principio, el propósito de Dios no era mantener al ser humano distante de Él, sino caminar con él y enseñarle a vivir.

El pecado cambió aquella relación, pero no cambió el deseo de Dios de acercarse al ser humano. Cuando Adán y Eva pecaron, se escondieron de la presencia de Dios. Sin embargo, Dios fue quien tomó la iniciativa de buscarlos. Génesis 3:9 dice: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”. La pregunta no significa que Dios ignorara dónde estaba Adán. Dios sabía dónde estaba. La pregunta tenía el propósito de hacerlo salir de su escondite y enfrentarse con lo que había ocurrido. El hombre había experimentado miedo, vergüenza y ruptura interior, pero Dios no lo abandonó en ese estado.

La manera en que Dios trató a Adán y Eva después de su pecado también nos permite observar su misericordia. Dios los hizo hablar acerca de lo sucedido: preguntó a Adán, escuchó su respuesta y luego confrontó las consecuencias de sus decisiones. No anuló su libertad ni fingió que el pecado no había ocurrido. Tampoco permitió que permanecieran para siempre en el huerto bajo las mismas condiciones anteriores. Pero, aun en medio del juicio, Dios mostró cuidado. Génesis 3:21 declara: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió”. Aquellos seres humanos que ahora conocían la vergüenza fueron cubiertos por Dios. El mismo Dios que confrontó su pecado también atendió su necesidad.

Pero la historia no terminó con la caída. En medio de las palabras dirigidas a la serpiente apareció una promesa que anunciaba que el engañador no tendría la victoria definitiva. Génesis 3:15 dice: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. La Biblia presenta posteriormente a Jesucristo como la manifestación suprema del amor de Dios para salvar al ser humano. Por eso Juan 3:16 declara: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. El propósito de Dios no era simplemente castigar al enemigo, sino rescatar al ser humano y devolverlo a la vida que procede de Él.

Por eso, compartir nuestra vida con Dios significa mucho más que acudir a Él solamente cuando tenemos problemas. Significa aprender a vivir en comunicación con Él. Una persona que nunca conversa con Dios, que nunca escucha su Palabra y que no busca comprender su voluntad puede terminar tomando decisiones importantes sin tener en cuenta la dirección de su Creador. Dios quiere enseñarnos, corregirnos, consolarnos y dirigirnos. El Salmo 32:8 expresa esta intención: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”. La relación con Dios nos permite adquirir conocimientos que no solamente informan nuestra mente, sino que preparan nuestra vida para caminar correctamente.

Esta intención aparece con mayor claridad en la promesa del nuevo pacto. Dios anunció que llegaría el momento en que su relación con su pueblo no estaría basada solamente en mandamientos escritos externamente, sino en una transformación interior. Jeremías 31:33 dice: “Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo”. Ezequiel también expresa esta renovación diciendo: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:27).

Lo extraordinario de estas promesas es que muestran a Dios deseando vivir en medio de su pueblo. En Jeremías 32:38-40 encontramos estas palabras: “Y me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios. Y les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos. Y haré con ellos pacto eterno, que no volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí”. Aquí podemos ver el deseo de un Padre que no solamente quiere ser reconocido desde lejos, sino que quiere formar una relación con sus hijos y conducirlos por un camino que produzca vida.

Por eso, como un humilde servidor, quiero decirte: comparte tu vida con Dios. No le entregues solamente tus problemas; entrégale también tus decisiones, tus pensamientos, tus planes, tus temores y tus alegrías. Aprende a hablar con Él y, sobre todo, aprende a escuchar su Palabra. Jesús dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27). Vivir con Dios no significa perder nuestra libertad; significa aprender a utilizarla correctamente, hasta el punto de que nuestra voluntad deje de luchar contra la dirección de Dios y aprenda a caminar con ella.

Dios comenzó buscando al hombre en el huerto, continuó llamándolo después de su caída, prometió vencer al enemigo y finalmente manifestó su amor enviando a Jesucristo. Toda esta historia nos permite comprender que Dios quiere compartir la vida con nosotros. La pregunta, entonces, no es solamente si Dios quiere acercarse al ser humano, sino si nosotros estamos dispuestos a abrirle nuestra vida. Compartir nuestra vida con Dios es permitirle enseñarnos el camino, corregir nuestros errores, sanar nuestras heridas, fortalecer nuestro corazón y dirigir nuestros pasos. Porque quien aprende a caminar con Dios no solamente recibe instrucciones para vivir: aprende a vivir acompañado por Aquel que conoce perfectamente el camino.

Addis Vergez Javier 
"El Buey Que Trilla"


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