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El valor de la vida humana según la Biblia
La Biblia presenta la vida humana como algo de gran valor porque el hombre no es simplemente un ser vivo entre los demás seres de la creación. Su valor está relacionado con el hecho de haber sido creado a imagen de Dios. Génesis 1:27 declara: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. La dignidad humana, por tanto, no depende de la posición social, de las capacidades intelectuales, de la riqueza, de la edad o de la utilidad que una persona pueda tener para los demás. Existe una razón anterior a todas esas condiciones: el ser humano lleva en sí la imagen de su Creador.
Esta realidad explica por qué, después del diluvio, Dios establece una defensa particular de la vida humana. Génesis 9:6 dice: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre”. El texto es significativo porque Dios no fundamenta la protección de la vida únicamente en la conveniencia de la sociedad, sino en la imagen divina que posee el ser humano. Dios mismo se presenta como defensor de esa imagen. Sin embargo, esto no significa que haya transferido al individuo el derecho de quitar arbitrariamente la vida de su prójimo. Por el contrario, cuando Dios entrega sus mandamientos a Israel establece: “No matarás” (Éxodo 20:13). La vida humana pertenece a una esfera que Dios manda respetar.
Jesús lleva este principio al terreno del amor. Cuando le preguntaron cuál era el gran mandamiento, respondió: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). De esta manera, el valor de la vida humana no se limita a abstenerse de destruirla físicamente. El prójimo debe ser tratado con el mismo cuidado con que una persona desea ser tratada. El mandamiento de amar transforma la relación con los demás: no basta con no matar; es necesario procurar el bien del otro. Por eso, la enseñanza de Jesús penetra hasta las actitudes del corazón, porque una persona puede preservar físicamente la vida de otro y, al mismo tiempo, destruir su dignidad mediante el odio, el desprecio o las palabras ofensivas.
Jesús también reveló que su misión estaba relacionada con la vida. En Juan 10:10 declaró: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Esta enseñanza guarda una profunda relación con el llamado que encontramos desde el Antiguo Testamento. Deuteronomio 30:19 presenta delante del ser humano “la vida y la muerte” y concluye: “escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”. Asimismo, Salmos 34:12-14 pregunta: “¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien?” y responde llamando a apartarse del mal, hacer el bien, buscar la paz y seguirla. En la enseñanza de Jesús encontramos, entonces, la plenitud de un principio que ya estaba presente en las Escrituras antiguas: Dios llama al ser humano a valorar la vida y a vivirla de una manera orientada hacia el bien.
El valor de la vida tampoco puede reducirse al hecho de que todos somos descendientes de Adán y Eva. La Biblia presenta a Dios actuando de manera particular en la formación de cada individuo. David expresa esta convicción en Salmos 139:13-14: “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras”. El salmista contempla su existencia antes de su nacimiento y reconoce la acción de Dios en su formación. Esto permite comprender la vida humana como algo que no comienza simplemente cuando la sociedad reconoce a una persona, sino como una realidad que está bajo el conocimiento y la acción de Dios desde su formación.
Además, el Nuevo Testamento presenta a Cristo como “el primogénito de toda creación” y afirma que “por él fueron creadas todas las cosas” (Colosenses 1:15-16). Desde esta perspectiva cristiana, Jesús no solamente vino a enseñar cómo vivir; es aquel por medio de quien la creación encuentra su origen y sentido. Por eso, cuando declara que vino para que los seres humanos tengan vida abundante, sus palabras adquieren una profundidad especial: el mismo Hijo por medio de quien todas las cosas fueron creadas se presenta como aquel que conduce al ser humano hacia la verdadera vida.
Solo cuando comprendemos este valor que Dios concede a la persona podemos entender por qué la Biblia se preocupa incluso por aquello que ocurre dentro del corazón. Juan escribe: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida” (1 Juan 3:15). Esto no significa que el odio sea idéntico en sus consecuencias legales al homicidio, sino que revela que existe una raíz espiritual común: el rechazo de la vida y de la dignidad del otro. Por eso, la enseñanza bíblica no se limita a impedir que la mano mate; busca transformar el corazón que alimenta el odio, la ira, el desprecio y las ofensas. En Cristo, valorar la vida humana significa reconocer que cada persona lleva la imagen de Dios, tratar al prójimo con amor y procurar que la vida que Dios nos ha dado sea preservada, dignificada y orientada hacia el bien.

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