"Ya entregaste tu bolsillo al Señor"
¿Qué es lo último que se entrega al Señor?
Se dice popularmente que lo último que se convierte es el bolsillo. Esta expresión nos hace pensar que una persona puede aceptar muchas enseñanzas de Dios, pero tener dificultades para entregarle sus bienes y su dinero. Sin embargo, el bolsillo puede ser controlado por quien lo llena, mientras que el corazón del hombre se va formando desde su nacimiento por medio de lo que ve, escucha y aprende. Por eso, aunque entregar nuestros bienes a Dios puede ser difícil, entregarle nuestro corazón puede representar un desafío todavía mayor. Jesús dijo: «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:21). Esto nos enseña que nuestras decisiones y prioridades revelan lo que verdaderamente ocupa el primer lugar en nuestra vida.
La Biblia nos advierte sobre el peligro de dejarnos engañar por nuestro propio corazón. Jeremías 17:9 dice: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?». Esto significa que no siempre podemos confiar en lo que sentimos o deseamos, porque nuestras emociones también pueden llevarnos a tomar decisiones equivocadas. Además, Jesús identifica al diablo como padre de mentira en Juan 8:44. El engaño puede influir en nuestra manera de pensar y actuar, especialmente cuando comenzamos a creer que debemos imitar las malas conductas del mundo para ser aceptados por los demás. En ocasiones, una persona deja de defender la verdad porque teme parecer débil, perder una posición o ser rechazada. Así, poco a poco, puede acostumbrarse a justificar lo incorrecto hasta confundir el bien con el mal.
Desde el principio de la humanidad, la Biblia presenta una lucha relacionada con el conocimiento del bien y del mal. En Génesis 2:16-17, Dios le dio al hombre una instrucción clara acerca del árbol del conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, en Génesis 3, Adán y Eva desobedecieron a Dios después de escuchar el engaño de la serpiente. El problema no fue simplemente mirar un árbol, sino aceptar una palabra contraria a la de Dios y actuar conforme a ella. De manera semejante, hoy podemos recibir influencias de nuestro entorno que terminan afectando nuestras decisiones. Lo que vemos y escuchamos puede alimentar nuestros deseos, pero somos responsables de examinar nuestras decisiones a la luz de la Palabra de Dios. No todo lo que parece bueno a nuestros ojos es correcto delante del Señor.
El corazón ocupa un lugar fundamental en esta lucha, porque nuestras decisiones manifiestan aquello que verdaderamente valoramos. Podemos pensar en lo correcto, conocer las Escrituras e incluso hablar de Dios, pero, cuando llega el momento de actuar, debemos decidir a quién obedeceremos. Por eso, Proverbios 4:23 nos aconseja: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida». Guardar el corazón significa cuidar lo que permitimos que influya en nuestros pensamientos, deseos, sentimientos y decisiones. Cuando una persona le pone el corazón a una actividad, a una relación o a una meta, compromete en ella una parte importante de su vida. Por esta razón, entregar el corazón al Señor significa mucho más que pronunciar una oración: significa permitir que Dios transforme nuestras prioridades y gobierne nuestra manera de vivir.
Podemos preguntarnos, entonces, por qué Dios pide nuestro corazón si ya nos ha dado tantas bendiciones. La respuesta es que Dios no busca solamente nuestras obras, nuestro dinero o nuestras palabras; quiere una relación sincera con nosotros. Proverbios 23:26 recoge esta invitación divina: «Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos». Dios conoce nuestras debilidades y sabe que podemos aprender del mundo conductas que no corresponden a su voluntad. A veces tratamos a Dios con la misma desconfianza, orgullo o interés con que hemos aprendido a relacionarnos con otras personas. Creemos que debemos protegernos de Él, negociar con Él o demostrarle nuestro valor mediante nuestras obras. Sin embargo, el Señor desea que nos acerquemos con fe, obediencia y sinceridad. No quiere una entrega fingida, sino un corazón dispuesto a aprender de sus caminos.
Esta transformación requiere cambiar nuestra manera de pensar. El apóstol Pablo escribe en Romanos 12:2: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento». Pablo nos enseña que no debemos aceptar automáticamente la manera de vivir que predomina en la sociedad. Necesitamos renovar nuestros pensamientos para aprender a distinguir la voluntad de Dios. Cuando nuestra mente es instruida por la Palabra, podemos comenzar a corregir nuestras actitudes y a tomar decisiones diferentes. La transformación cristiana no consiste solamente en cambiar nuestra apariencia o nuestras costumbres externas; consiste en permitir que Dios cambie nuestro interior para que ese cambio se refleje en nuestra conducta. En ese sentido, Proverbios 23:7 enseña que lo que una persona piensa en su corazón tiene relación con lo que es, aunque el pasaje, en su contexto, también advierte sobre la diferencia entre las apariencias y las verdaderas intenciones.
En conclusión, ¿qué es lo último que se entrega al Señor? Aunque muchas personas consideran que es el bolsillo, podemos sostener que uno de los mayores desafíos de la vida cristiana es entregarle el corazón, porque en él se encuentran nuestros deseos, afectos, prioridades y decisiones. El dinero puede entregarse sin que cambie nuestra manera de vivir, pero cuando entregamos sinceramente el corazón, permitimos que Dios transforme también el uso de nuestros bienes, nuestras relaciones y nuestra conducta. No se trata de afirmar que todas las personas entregan primero una cosa y después otra, sino de reconocer que la conversión verdadera exige rendir a Dios toda nuestra vida. El Señor no quiere ser solamente alguien a quien acudimos cuando necesitamos ayuda; quiere dirigir nuestros pasos cada día. Por eso, la pregunta más importante no es cuánto estamos dispuestos a darle a Dios, sino si estamos dispuestos a permitir que Él transforme lo que somos. Porque cuando el corazón se entrega al Señor, toda nuestra vida comienza a tomar una nueva dirección.

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