Tomás el incrédulo!
¡No dudes, solo cree!
Las palabras del centurión romano, quien contribuyó a la construcción de una sinagoga, fueron palabras llenas de una fe que el mismo Cristo exaltó. Sin embargo, también revelan mucho acerca de su condición espiritual delante de Dios: aquel hombre se sentía indigno de que Cristo entrara en su casa. Su expresión fue contundente: «Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo» (Lucas 7:6).
Quizás encuentres a alguien que te diga: «No molestes al Maestro», o quizás tengas delante de ti una multitud de obstáculos que te hagan plantearte la posibilidad de dejar atrás tu sueño. Pero debes comprender que quienes rodean al Maestro, aunque se alegren de ser reconocidos por él, no son el Maestro ni tienen necesariamente su misma perspectiva. No permitas que la opinión de quienes te rodean determine hasta dónde puedes llegar en tu acercamiento a Cristo.
El centurión romano no se consideraba digno de que el Maestro pisara su casa; sin embargo, Cristo aprovechó aquella manifestación de fe para anunciar: «Vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (Mateo 8:11). Aquella declaración anunciaba la incorporación de personas de todas las naciones al reino de Dios. Siglos después, la Reforma protestante, impulsada por Martín Lutero desde Alemania, contribuiría a la difusión de las Escrituras y del mensaje del evangelio en numerosos lugares del mundo.
Y digo que no todos eran iguales porque, después de la muerte y resurrección de Cristo, encontramos que, a pesar de la fraternidad que había entre los discípulos durante aquellos tres años y medio en los que anduvieron juntos, el apóstol Tomás pidió evidencias para creer en la resurrección, aun cuando sus compañeros ya le habían dado testimonio de haber visto al Señor. Jesús no lo rechazó; se presentó delante de él y le permitió comprobarlo. Sin embargo, también dejó una enseñanza para las generaciones posteriores: «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Juan 20:29).
El centurión no necesitó hablar directamente con Jesús para demostrar su fe; confió en sus emisarios y reconoció la autoridad de su palabra (Lucas 7:6-10). Bartimeo, por su parte, no permitió que quienes acompañaban a Jesús apagaran su clamor. Aunque muchos le reprendían para que callase, él clamaba todavía más fuerte: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!» (Marcos 10:46-52). Y la mujer que padecía flujo de sangre vio más allá de sus limitaciones y de las posibilidades que otros podían ofrecerle. Se acercó por detrás y tocó el borde del manto de Jesús, convencida de que recibiría sanidad (Lucas 8:43-48).
Yo te digo a ti, hermano: no permitas que las circunstancias, las opiniones de los demás o tus propias limitaciones te aparten de Cristo. No necesitas que todos comprendan tu fe, ni que todos aprueben tu acercamiento al Maestro. El centurión creyó, Bartimeo clamó y la mujer se acercó. Cada uno encontró una manera de expresar su confianza en Jesús.
¡No dudes, solo cree!
«Al que cree todo le es posible». (Marcos 9:23).

Comentarios
Publicar un comentario